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Anecdotario

En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso

Anecdotario Ayatullah Morteza Mutahari

Biblioteca Islámica Ahlul Bait (P)

Titulo original: Dastón Rastón

Autor:Ayatullah Morteza Mutahari

Traducción: Luqmán Abu Mahmud Colmenero Edición digital: Biblioteca Islámica Ahlul Bait (P)

 

Introducción

Morteza Mutahari, el autor de la presente obra, nació el 2 de febrero de 1919 en un pueblo del Jorasá (Noroeste de Irán) y falleció el 2 de mayo de 1979 en Teherán, asesinado por miembros de un grupúsculo contrarrevolucionario, algunos meses después de la victoria de la revolución islámica.

Estudió durante dieciséis años literatura, filosofía, jurispruden­cia, y otras disciplinas islámicas en la ciudad religiosa de Qom y luego enseñó filosofía y ciencias religiosas en la Universidad de Teherán.

Su actividad política contra el régimen del Shah le supuso ser arrestado en diversas ocasiones por la demasiado célebre Savak, luego fue prohibida su audiencia. Jugó por lo tanto un papel funda­mental en el proceso de instauración de la revolución islámica. Es­pecialmente en la sensibilización y la movilización de grupos reli­giosos y de estudiantes, en estrecha colaboración con Imam Jomeini.

Autor de más de cuarenta obras, esencialmente en el dominio de la filosofía y de la sociología islámicas y comparadas, puede ser considerado con justicia como uno de los precursores del renaci­miento del pensamiento islámico en el mundo contemporáneo.

El Islam ha llevado el luto de su desaparición. El Imam Jomeini dijo con ocasión de su martirio: “...He perdido un hijo muy querido: mi luto es por alguien que se encontraba entre los defensores del fruto de mi existencia. (...) Mutahari era una parte de mi ser”.

Dostón Rostón, libro del que presentamos aquí al lector la traducción del primer volumen, es una obra un poco aparte en la obra de Morteza Mutahari, y no se trata de un texto filosófico ni de un análisis sociológico o histórico. Se trata aquí de una colección de relatos tomados no solamente de los libros de hadiz (episodios de la vida del Profeta (BPDyC) o de los Imames de su descendencia (P) sino también de diversos libros de historia, relatando anécdotas de personalidades notables, célebres o desconocidas, musulmanas o no.

El objetivo del autor, como explica en el prólogo de la edición iraní, era contribuir a la guía y a la educación moral con historias instructivas, escritas en lenguaje simple, accesible a todos. La ética (Ajlaq) o ciencia del comportamiento, es una rama fundamental de la religión islámica, es a esta rama que se refiere Dostón Rostón, bajo la forma no de una exposición, sino de relatos verídicos trans­mitidos de fuentes seguras.

Como él mismo dice, Morteza Mutahari no ha añadido a estas historias ninguna moraleja, esforzándose hasta en la elección de los títulos, para no apuntar hacia ninguna conclusión, con el fin de dejar esta tarea a manos del lector e incitarle a la reflexión. Pues es bien evidente que el objetivo de estos relatos no es únicamente distraer al lector, sino inspirar en él el respeto a ciertas actitudes, a ciertos valores éticos y de hacer que éstos influyan en su propio comportamiento.

A modo de conclusión, evoquemos la referencia de esta obra al Sagrado Corán en los términos de su autor:

“La utilización que hemos hecho del Sagrado Sagrado Corán descansa en el principio mismo de la redacción de esta obra, pues el Sagrado Sagrado Corán es el primer libro que ha incluido un ‘Relato de los Verídicos’ en sus altas enseñanzas, en el diseño de la guía y de la educación social de la humanidad”.

El Sagrado Sagrado Corán evoca así este aspecto educativo:

«Ellos son quienes Dios ha dirigido. Sigue tú su dirección» Sagrado Sagrado Corán 6:90

Entre las obras de Mutahari se encuentran: Los principios de la filosofía y el método del realismo; La Justicia Divina; Los dere­chos de la mujer en el Islam; Las causas de la atracción por el materialismo; El hombre y el Destino; La cuestión del «hiyáb»; Las revoluciones islámicas a lo largo de los últimos cien años; Iniciación a las ciencias islámicas (lógica, filosofía, dialéctica, mística, principios de jurisprudencia, sabiduría práctica); Inicia­ción al Sagrado Corán; La usura, la banca, el seguro; Filosofía de la Ética, etc.

 

1 - El Profeta Muhammad y los dos círculos de creyentes

El Profeta (BPDyC) entró en la Mezquita de Medina[1] y su mirada se posó sobre dos grupos, cada uno de los cuales formaba un círcu­lo. Uno de ellos se dedicaba a prácticas de adoración y dikr (recuerdo) de Dios, el otro a la enseñanza y al estudio.
El Profeta (BPDyC), recorriéndolos con la mirada, se regocijó y se alegró al verlos: -Estos dos grupos hacen buenas obras y están en el camino del bien y de la felicidad -dijo volviéndose hacia a aquellos que le acompañaban, después añadió: -He sido enviado sobre todo para enseñar y para instruir-. A continuación se dirigió al grupo de aquellos que se afanaban en el estudio y la enseñanza y se unió a su círculo.

 

2 - El hombre que pidió ayuda

Meditando sobre su pasado cargado de penas, recordaba los días amargos y llenos de aflicción que había pasado, en los que ni siquiera podía asegurar la subsistencia diaria a su esposa e hijos. Y meditaba sobre la manera en que esta corta frase, nada más que una frase, le vino al oído en tres ocasiones, le fortaleció el espíritu y cambió el curso de su existencia, salvándole a él y a su familia de la pobreza y de la miseria que les abrumaba.

Era uno de los compañeros del Profeta (BPDyC) y la pobreza y la indigencia habían hecho presa en él. Sintiéndose desesperado, fi­nalmente, un día decidió, tras haber consultado con su mujer y acon­sejado por ésta, ir a exponer su situación al Profeta (BPDyC) y pedirle ayuda económica.

Salió pues con esta intención. Pero no había presentado toda­vía su petición cuando la siguiente frase le llegó al oído: “Ayuda­mos a quienquiera que nos pida ayuda, pero Dios eliminará la ne­cesidad de quien disimule la dificultad y se abstenga de tender la mano ante una criatura”.

Volvió a su casa aquel día sin haber dicho una palabra y se encontró de nuevo cara a cara con la silueta de la pobreza planean­do sobre su casa. Al día siguiente, decidido, se dirigió con la misma intención de entrevistarse con el Profeta (BPDyC), de boca de quien escuchó de nuevo la misma frase: “Ayudamos a quienquiera que nos pida ayuda, pero Dios eliminará la necesidad de quien disimu­le la dificultad y se abstenga de tender la mano ante una criatu­ra...”.

Volvió a su casa otra vez sin haber manifestado todavía su petición. Viéndose así siempre entre las garras de la pobreza, débil, miserable e impotente, se dirigió por tercera vez y con la mismaintención al Profeta (BPDyC), Éste movió de nuevo los labios repi­tiendo la misma frase en el mismo tono que daba vigor al corazón y certeza al espíritu.

El hombre notó entonces, al escuchar esta frase, certeza en su corazón y sintió que aquello significaba la llave de su problema. Salió andando con un paso más seguro, diciéndose: “No iré jamás en busca de la ayuda y de la asistencia de las criaturas. Me apoya­ré en Dios y recurriré a la energía y a las capacidades que han sido depositadas en mi ser. Le pido a Él que me conceda el éxito en aquello que emprenda y me preserve de la necesidad. ¿Qué labor soy capaz de llevar a cabo?” -se preguntó-.

Le pareció que por el momento era capaz de ir al bosque y recoger leña como combustible y llevarla a vender. Tomó prestada un hacha y se dirigió al bosque. Recogió leña y la vendió, sabo­reando el placer del producto de su trabajo. Continuó su trabajo durante los días siguientes hasta que pudo procurarse con el dinero poco a poco, ganado, una bestia de carga, un hacha y otros instru­mentos de trabajo. Perseveró así en su labor hasta proveerse de un capital y de esclavos.
Después de esto el Profeta (BPDyC) vino un día y le dijo, con una sonrisa en sus labios:
- ¿No te lo había dicho? Ayudamos a quien quiera que nos lo pida, pero Dios...

 

3 - Petición de un du’a

Un individuo excitado y ansioso, se aproximó a Imam As-Sadeq (P) y le dijo:
-¿Quieres hacer un du’a (súplica) a mi favor para que Dios me conceda ayuda, pues soy realmente pobre y sin recursos?
-Jamás haré un du’a como ese -respondió el Imam-. -¿Por qué? -inquirió el hombre-.
- Porque Dios ha determinado una vía para ello. Ha ordenado aplicarse en la búsqueda del pan cotidiano, y solamente des­pués, reclamarlo. Pero tú, quieres permanecer sentado en tu casa y atraer el pan de cada día con la invocación.

 

4 - La ligadura de rodillas del camello

La caravana había caminado durante varias horas, y el cansan­cio se hacía sentir entre los jinetes y las cabalgaduras. Así que, en cuanto alcanzó un paraje provisto de agua, la caravana hizo alto. El Profeta (BPDyC), que acompañaba a la caravana, también hizo arrodillar a su camello y descendió de su montura. Todos se ocuparon, ante todo, de alcanzar el agua y hacer los preparativos de la oración.
Tras haber puesto pie en tierra, el Profeta (BPDyC) se dirigió ha­cia el agua. Pero después de recorrer cierta distancia, sin decir nada a nadie, se volvió hacia su montura. Sus compañeros se pregunta­ban con asombro si no habría desaprobado este lugar para hacer alto y si daría la orden de partir de nuevo.
Esperaban pues, todo oídos, la orden de salida. La asamblea aumentó su asombro al ver que, llegado a su camello, el Profeta (BPDyC) cogió una rodillera y le ató las rodillas; volviendo hacia su destino anterior.
De una y otra parte salieron exclamaciones:
-¡Oh Enviado de Dios! ¿por qué no nos has pedido que haga­mos ese trabajo en tu lugar y te has molestado en volver sobre tus pasos, cuando nosotros hubiésemos estado orgullosos de rendirte ese servicio?
- Nopidáis nunca ayuda a otro en vuestros asuntos -les res­pondió-y no os apoyéis sobre los demás, aunque no sea más que para pedir un palillo.

 

5 - Un compañero de peregrinación

De vuelta de la peregrinación, un hombre contaba al Imam As-Sadeq (P) las aventuras de su viaje y de sus compañeros de ruta. Alababa en particular, de manera extremada, a uno de ellos:
-¡Un hombre tan noble! Estábamos orgullosos de la compañía de un hombre tan honorable, volcado sin descanso a las prác­ticas religiosas. Apenas habíamos hecho alto en una etapa cuando se iba a un rincón donde extendía su alfombrilla de la oración y se abandonaba a sus prácticas de adoración.
-¿Quién se ocupaba de sus necesidades entonces y quién cui­daba de su montura? -preguntó el Imam-.
- Era sobre nosotros sobre quienes recaía el honor de llevar a cabo esas labores. El no se dedicaba más que a sus santas ocupaciones y no se ocupaba en absoluto de esas cosas -Res­pondió el hombre-.
- A causa de esto, vosotros erais superiores a él -respondió el Imam (P)-.  

 

6 - Comida en comunidad

Después de que el Profeta (BPDyC) y sus compañeros descendie­ran de sus monturas y descargaran los equipajes, la asamblea deci­dió sacrificar un cordero y prepararlo para la comida.
- Yo me ocupo de sacrificarlo -dijo uno de los compañeros-. -Yo de despellejarlo -dijo otro-.
- Yo me ocupo de poner a cocer la carne -añadió un tercero-.
- Y yo de ir a recoger leña al bosque -dijo el Profeta (BPDyC)-.
-¡Oh Enviado de Dios! -le dijo la asamblea-no te fatigues. Siéntate pues tranquilamente, nosotros llevaremos a cabo es­tas labores con agrado.
-Ya sé que lo haríais así -respondió el Profeta (BPDyC)- pero a Dios no le gusta ver a una de sus criaturas en posición privile­giada entre sus compañeros, atribuyéndose una prerrogativa por encima de los demás.
Así pues, salió en dirección al bosque y volvió transportando ramas y leña en cantidad necesaria.

 

7 - La caravana que iba a la peregrinación

Una caravana de musulmanes que iba en dirección a Meca hizo alto en Medina y descansó algunos días, retomando después el ca­mino para Meca.
A mitad de camino entre Medina y Meca, la gente de la carava­na se encontró con un hombre que conocían. Mientras conversa­ban, este hombre vio entre ellos a una persona cuya cara era la de las gentes de bien, y que se afanaba en el servicio de las personas de la caravana haciendo sus labores y cubriendo sus necesidades con destreza y vivacidad.
-¿Conocéis a la persona que está sirviéndoos y cubriendo vues­tras necesidades? -preguntó, estupefacto, a la gente de la caravana-.
-No, no lo conocemos. Se unió a nuestra caravana en Medina.Es un hombre de bien, piadoso y virtuoso. Nadie le ha pedido que trabaje para nosotros y es por su propia voluntad que ayuda a los demás y colabora en sus tareas. -respondiéronle-.
-Es evidente que no le conocéis. Si no, no os mostrarais taninsolentes y no estaríais dispuestos a que se ocupe de vuestros asuntos como un criado. -les increpó esta persona-.
-¿Quién es pues? -le preguntaron-.
- Es ‘Ali Ibn Husein, Zain Al’Abidin -respondió-. La asamblea, turbada, se levantó y quiso besar las manos y los pies del Imam para excusarse.
- ¿Por qué has actuado así ante nosotros? -le reprocharon-hemos, Dios no lo quiera, cometido una insolencia contigo, siendo culpables así de un gran pecado.
-Os he elegido deliberadamente -respondió el hijo de Husein (P)- como compañeros de viaje a vosotros que no me cono­cíais, pues a menudo viajo con gentes que me conocen y, por ello, se muestran muy amables y gentiles hacia mí por ser nie­to del Enviado de Dios, no dejándome realizar ningún trabajo ni servicio. Esa es la razón por la que me he inclinado a elegir como compañeros de viaje a quienes no me conocen y por la que me he abstenido igualmente de presentarme a fin de poder gozar del beneficio de servir a mis amigos.
 

8 - El musulmán y uno de “La gente del libro”[2]

En aquellos tiempos, la ciudad de Kufa era el centro de grave­dad del gobierno islámico. A través de todo el vasto territorio islá­mico de la época, a excepción de la parte de Siria, las miradas esta­ban puestas en esta ciudad para ver qué orden emitía y qué decisio­nes tomaba.
Aconteció que dos personas, un musulmán y uno de la “gente del Libro”, se encontraron un día en el camino en los alrededores de esta ciudad. Se preguntaron sus destinos respectivos. Resultó que el musulmán iba a Kufa y que el hombre de la «gente del Li­bro» tenía intención de dirigirse a otro lugar de las cercanías. Como su trayecto era común durante una parte del viaje, convinieron recorrerlo juntos y conversar el uno con el otro.
El trayecto común fue recorrido con cordialidad, al hilo de discusiones y entretenimientos diversos. Llegados a la separación de los dos caminos, el hombre de la «gente del Libro» vio con gran asombro que en lugar de partir hacia Kufa, su compañero musul­mán tomaba la misma dirección que él.
-¿No me habías dicho que querías dirigirte a Kufa? -le pre­guntó-
-Sí -respondió su compañero-.-¿Por qué vienes pues por aquí? El camino de Kufa es aquél respondió el judío-.
-Ya lo sé, querría acompañarte un poco, pues nuestro Profeta (BPDyC) ha dicho:
“Cada vez que dos personas se entretienen una con la otra en un camino, adquieren un derecho la una sobre la otra”.
-Tú has adquirido ahora un derecho sobre mi, y es a causa de este derecho que tienes, por lo que quiero acompañarte un poco. Por supuesto, volveré en seguida sobre mis propios pasos.
- ¡Oh!, es ciertamente en razón de sus costumbres generosas que vuestro Profeta (BPDyC) ha adquirido tanta influencia y tan­to poder entre las gentes y que su religión se ha extendido por el mundo con tanta velocidad -exclamo el judío-.
Sin embargo, el asombro y la admiración del hombre de la gente del Libro llegaron al colmo cuando supo que este amigo mu­sulmán no era otro que el califa de la época, ‘Ali Ibn Abu Tálib (P). No tardó en hacerse musulmán y contarse entre los compañeros piadosos y devotos de ‘Ali (P).

9 - El cortejo del califa

En ruta hacia Kufa, ‘Ali (P) entró en la ciudad de Enbár, cuyos habitantes eran iraníes. Los jefes de los pueblos y los campesinos iraníes celebraron que su califa bien amado atravesase su ciudad. Salieron a su encuentro, y cuando la montura de ‘Ali se puso en marcha, comenzaron a correr delante de ella. ‘Ali les hizo venir y les preguntó:
-¿Por qué corréis?. ¿A qué se debe vuestro comportamiento?.
- Es una manera que tenemos de honrar a los gobernadores y a las personas que respetamos. Es una tradición y una suerte de costumbre que está en uso entre nosotros.
-Este acto os hace sufrir en este mundo y os hará desgracia-dos en el más allá. -les respondió ‘Ali (P)-Absteneos para siempre de este tipo de actos que os humillan y os degradan. Por otra parte, ¿Qué utilidad tienen estos actos para aquellos a los que se dirigen?.

10 - El Imam Báqer (P) y el hombre cristiano

El Imam Muhammad Ibn ‘Ali Ibn Al-Husein (P) tenía el sobre­nombre de Báqer, es decir “El que penetra profundamente”, tam­bién se le llamaba Báqer al-’ulum, “El que penetra profundamente las ciencias”.
Por derivación e ironía, un cristiano hizo un cambio del térmi­no, diciéndole :
- Tu eres baqar (un buey).
El Imam, sin mostrarse incomodado ni manifestar cólera, le respondió simplemente:
- No, no soy baqar, sino Báqer.
- Eres hijo de una mujer que era cocinera -replicó el cristiano­
- Sí, esa era su profesión. No es algo a considerar como una ignominia o una vergüenza.
-Tu madre era negra, impúdica y de mala lengua. -insistió maleducadamente-.
- Si esos atributos que tú adjudicas a mi madre son exactos, que Dios la absuelva y perdone sus pecados. y si son mentiras, que Él te perdone por haber mentido y calumniado.
A la vista de tal estoicidad por parte de un hombre que tenía el poder de someter a toda suerte de persecuciones a un extraño a la religión islámica, el cristiano sintió que dentro de él se producía una revolución interna y una atracción hacia el Islam y finalmente se hizo musulmán.

11 – El Profeta (BPDyC) y el beduino

Un árabe nómada y rudo entró en Medina y se dirigió directa­mente a la mezquita, resuelto a conseguir oro y plata del Enviado de Dios. Se introdujo en un momento en que el Profeta (BPDyC) se encontraba ante su multitud de compañeros y amigos. Expuso pues su petición y reclamó una limosna. El Profeta (BPDyC) le dio algo, pero el beduino no se sintió satisfecho y consideró esta donación como mínima. Además, hizo comentarios groseros y fuera de lugar e hizo prueba de insolencia hacia el Enviado de Dios. Los compa­ñeros se violentaron y faltó poco para que le dañaran, pero el Profe­ta (BPDyC) se opuso.
A continuación, el Profeta (BPDyC) llevó al beduino a su casa y le asistió aún más con cierta suma de dinero. A su vez, el beduino vio de cerca que la condición del Profeta (BPDyC) no se parecía en abso­luto a la de los jefes y gobernadores que habla podido ver hasta entonces, y que allí no había amasados ni oro ni riquezas.
A la mañana siguiente, antes de marchar, manifestó su satis­facción y profirió una palabra de agradecimiento. El Profeta (BPDyC) le dijo entonces:
-Ayer hiciste comentarios groseros y fuera de lugar que pro­vocaron la cólera de mis compañeros, y temo que después te hagan daño. Ahora que has dicho estas frases de agradeci­miento en mi presencia. ¿Podrías repetirlas ante la asamblea, a fin de que desaparezca la cólera y el desagrado que sienten al verte?.
-No tengo inconveniente -respondió el beduino-.
Al día siguiente se llegó a la Mezquita cuando todos estaban reunidos. El Profeta (BPDyC) se puso frente a la asamblea y dijo:
-Este hombre afirma que está satisfecho de nosotros. ¿Es así?
- Así es -respondió el beduino, y repitió la frase de agradeci­miento que había proferido en privado. Ante ello, los compa­ñeros del Profeta (BPDyC) manifestaron su satisfacción-.
En ese instante, el Profeta (BPDyC) se volvió de nuevo hacia la asamblea y dijo:
- Mi caso con este hombre es como el de aquella persona cuyo camello se espantó y escapó. Todo el mundo se puso a gritar y a correr tras el camello, intentando ayudar a su dueño. Así, el camello se encabritó más y aceleró su huida. El propietario del camello llamó a la gente y les dijo: «Os lo ruego, dejad mi camello tranquilo. Yo se mejor que nadie cómo apaciguarlo».
Habiendo la gente cesado su persecución, fue y cogió un puña­do de hierba y se colocó dulcemente ante el camello, después, sin correr ni gritar, avanzó poco a poco enseñando la hierba todo el rato. Cogió así con toda facilidad la brida de su camello y se puso en camino.
Si yo os hubiese dejado hacer, ayer este desgraciado beduino habría muerto en vuestras manos y ¡en qué mala condición!, ¡la de la incredulidad y la idolatría!. Por eso me opuse a vuestra interven­ción y le he tratado yo mismo con dulzura y amabilidad.
 

12 - El Imam Hussein (P) y el hombre sirio

Un individuo originario de Siria, en camino para la peregrina­ción o por otro razón, llegó a Medina. Su mirada se detuvo en un hombre que le impresionó por la gravedad de su porte.
-¿Quién es ese hombre?, -preguntó-.
-Husein, hijo de ‘Ali Ibn Abu Tálib -le respondieron-.
El recuerdo de la estúpida propaganda[3] que había penetrado en su espíritu le hizo hervir de cólera y, con intención de agradar a Dios, prodigar a Husein Ibn ‘Ali todas las injurias e invectivas que pudo. Mientras decía todo lo que quiso y se desahogaba, el Imam Husein, sin enfadarse ni mostrarse inquieto, posó en Él una mirada llena de amor y benevolencia, y le recitó los versículos Sagrado Coránicos siguientes, pues hablan de la bondad de carácter, el perdón y la tolerancia:
«Practica el perdón; ordena el bien; aléjate de los igno­rantes. Cuando una tentación del demonio te incita al mal, busca la protección de Dios, pues Él es quien escu­cha y quien lo sabe todo...».
Sagrado Corán 7: 199 -202 después le dijo:
-Estamos a tu disposición para cualquier tipo de servicio o de ayuda.. ¿Eres originario de Siria?
-Sí -respondió aquel hombre-.
- He experimentado este tipo de humor y de carácter, y se el origen. Eres extranjero en nuestra ciudad, añadió. Estamos listos para proporcionarte ayuda si necesitas algo; estamos dispuestos a acogerte entre nosotros, a vestirte, a darte dine­ro. -le dijo Husein (P)-.
El hombre sirio, que esperaba enfrentarse a una reacción vio­lenta y jamás habría pensado encontrarse frente a tanta indulgencia y tolerancia, se asombró hasta tal punto que dijo.
- Me gustaría que la tierra se hundiera y me tragara de repen­te y no haber manifestado mi insolencia de manera tan des­considerada e irreflexiva. Hasta este momento, no odiaba a nadie en la tierra tanto como a Husein y su padre, y desde este momento, nadie me es, sin embargo, más querido.

 

13 - El hombre que pidió consejo

Procedente del desierto, un hombre llegó a Medina y fue a visitar al Profeta (BPDyC), solicitando un consejo. El Profeta (BPDyC) le dijo:
-No te encolerices
El hombre volvió a su tribu y se enteró de que un aconteci­miento importante se había producido en su ausencia. Jóvenes de su tribu habían sustraído los bienes de otra tribu, la cual había to­mado represalias. La situación poco a poco había llegado a un punto delicado y cada una de las dos tribus había tomado sus armas, prestas ambas para la guerra. Esta noticia suscitó su cólera. Recla­mó rápidamente su armadura y, armado de ella, se incorporó a las posiciones de su tribu. Se disponía a intervenir cuando el pasado le vino a la memoria. Se acordó que había ido a Medina y de las cosas que allí había visto y oído; se acordó que había pedido un consejo al Enviado de Dios y que éste le había dicho: «No te encolerices Se sumió en sus pensamientos:
-¿Por qué me he excitado? -se preguntó-. ¿Por qué razón me he puesto la coraza y me he dispuesto ahora a matar o a ser matado?. ¿Por qué me he puesto, sin razón, sobresaltado y furioso?
Entonces se dijo que había llegado el momento de poner en práctica la corta frase del Profeta (BPDyC). Se adelantó, invitó a los jefes del campo adversario a aproximarse y les dijo:
- ¿Por qué esta querella?. Si se trata de resarcirse de la trasgresión que cometieron nuestros jóvenes ignorantes, estoy dispuesto a pagar con mis propios bienes. No hay razón para que nos matemos los unos a los otros por una cosa así, ni que derramemos la sangre de unos y otros.
El campo adversario, que había escuchado los razonamientos sensatos y magnánimos de este hombre, se vio estimulado en su orgullo y generosidad:
- Nosotros no valemos menos que tú -le dijeron-. Puestas así las cosas, renunciamos totalmente a nuestro derecho.
Y los dos ejércitos regresaron a sus tribus respectivas.

 

14 - El cristiano y la coraza de ‘Ali (P)

En la Época del califato de ‘Ali en Kufa, éste perdió su coraza, que fue encontrada algún tiempo después en casa de un hombre cristiano. ‘Ali le llevó ante el juez:
-Esta coraza es mía y ni la he vendido ni regalado a nadie. Sin embargo, acabo de encontrarla en casa de este hombre -expli­có ‘Ali (P)-.
- El califa ha expuesto su reivindicación -dijo el juez al cristiano-. ¿Qué tienes que decir?.
-Esta coraza es la mía -respondió- puede que el califa se haya equivocado.
El juez se volvió a ‘Ali y dijo:
- Tú eres quien reclama y esta persona niega. Por consecuencia, es a ti a quien corresponde presentar una prueba de tu reivindicación».
‘Ali se echó a reír.
- El juez dice verdad -dijo- haría falta ahora que yo presenta­se un testigo, pero no tengo testigo.
El juez, puesto que el reclamante no tenía pruebas, pronunció una sentencia favorable al cristiano, el cual tomó la coraza y se marchó.
El hombre sabía bien a quién pertenecía la coraza y, tras haber dado algunos pasos, se puso a temblar en su fuero interno. Volvió ante el juez y dijo:
- Esta manera de gobernar y de comportarse no revela el com­portamiento de un hombre ordinario, sino el gobierno propio de los justos profetas . Tras esto, declaró que la coraza perte­necía a ‘Ali.
No se tardó en verle, convertido en musulmán, combatir con fe y fervor bajo el estandarte de ‘Ali (P) en la guerra de Nahraván[4].

15 - El Imam Sadiq (P) y un grupo de sufis

Sufián Assawri[5]5 que vivía en Medina, llegó a casa del Imam As-Sadeq (P). Lo encontró vestido con una vestimenta blanca, de una delicadeza, parecida a la película que separa la clara de huevo de la cáscara.
-Esta vestimenta no es digna de ti -le dijo a modo de reproche-De ti se espera que guardes la abstinencia, que tengas piedad y que guardes las distancias frente a este bajo mundo.
- Quiero decirte unas palabras -le respondió el Imam- Escú­chalas bien pues te resultarán útiles para tu vida en este mun­do y en el más allá. Si estás realmente equivocado e ignoras el verdadero punto de vista del Islam a este respecto, mi discurso te resultará muy provechoso. Pero si tienes por deseo introdu­cir en el Islam una innovación, de desviar y de invertir las verdades, eso es otro problema, y esas intenciones no te serán provechosas.
Puede que te imagines la condición simple y pobre del Envia­do de Dios y sus compañeros en aquellos tiempos, y pienses que constituye una especie de deber y obligación para todos los musulmanes hasta el día del Juicio Final, el tomar como ejemplo este tipo de situación y vivir siempre en la pobreza. Pero sabe que el Enviado de Dios vivió en una época y en un medio donde predominaba la pobreza, las dificultades y la in­digencia. La mayor parte de la gente estaba privada de los medios más elementales de existencia, y las condiciones de vida particulares del Profeta (BPDyC) y de sus compañeros estaban unidas a la situación general de aquel tiempo. Pero si, en una época, los medios de vida son abundantes y existen posi­bilidades de sacar provecho a los dones divinos, los hombres más dignos de disfrutar de estos beneficios son entonces los hombres buenos y justos, y no los libertinos ni los malhecho­res; son los musulmanes, y no los descreídos.
¿Qué cosa en mi has considerado como un defecto? Juro por Dios que, aunque tú ves que yo disfruto los dones divinos, des­de que alcancé la pubertad no pasa ni un solo día ni una no­che en que no esté vigilando la procedencia de mis bienes, por si encuentro algo que no es mío en ellos y devolverlo en segui­da a quien le pertenece.
Sufián no pudo objetar la lógica del Imam y salió avergonzado y vencido. Reuniéndose con sus amigos y condiscípulos, les contó el incidente. Estos decidieron ir en grupo a contradecir al Imam.
Un cierto número de ellos acudió a él.
- Nuestro amigo no ha conseguido exponer bien los argumentos -le dijeron-. Nosotros hemos venido ahora a condenarte con nuestros argumentos claros.
-¿Cuáles son vuestros argumentos? -preguntó el Imam-. Enunciadlos pues.
- Nuestros argumentos provienen del Sagrado Corán -respondió la asamblea-.
-¿Qué mejor argumento que el Sagrado Corán? Explicaos -les dijo el Imam- os escucho.
-Fundamentamos nuestra aserción y la justicia de la doctrina que hemos adoptado en dos versículos Sagrado Coránicos, y esto mis­mo nos es suficiente. En el Santo Sagrado Corán, Dios hace así el elo­gio de un grupo de compañeros (del santo Profeta (BPDyC)):
«... ellos dan prioridad a los otros sobre sí mismos, mien­tras que están en la indigencia. Aquellos que se guardan de su propia avidez.... aquellos serán salvados». Sagrado Corán, 59:9
El Sagrado Corán dice más adelante:
 «Alimentan al pobre, al huérfano y al cautivo, por el amor de Dios». Sagrado Corán, 76:8
.Cuando llegaron a este punto de su discurso, una persona sen­tada al margen de la asamblea, que escuchaba sus palabras, dijo:
- Lo que yo he comprendido hasta aquí es que ni vosotros mis­mos creéis en vuestros propios argumentos. Habéis hecho de esas palabras una manera de desinteresar a las gentes de sus bienes, a fin de que os los den a vosotros y beneficiaros voso­tros mismos en su lugar, pues no se ha visto en la práctica que vosotros os apartéis ni os privéis de la buena comida.
- Renuncia por el momento a estos argumentos -dijo el Imam­ son vanos.
Después, volviéndose a la asamblea les dijo:
- Decidme entonces, vosotros que os referís al Sagrado Corán, si dis­cernís en él o no los versículos explícitos, los implícitos, los abrogantes, y los abrogados. Todo miembro de esta Comuni­dad (de musulmanes) que se extravió, lo hizo por lo mismo, porque recurrió al Sagrado Corán sin tener un conocimiento exacto de él.
-Por supuesto, poseemos algunos conocimientos en este terreno -respondió la asamblea- pero no de una manera completa.
-Vuestra desgracia también viene de ahí, -respondió el Imam­ y los hadices del Profeta (BPDyC), como los versículos del Sagrado Corán, requieren una información y un conocimiento completos.
En cuanto a los versículos Sagrado Coránicos que habéis citado, no indican la prohibición de beneficiarse de los dones divinos, sino conciernen al perdón, la indulgencia y la abnegación. Hacen el elogio de un pueblo que, en un momento determina­do, dio prioridad a los otros sobre el mismo, y les dio bienes que le eran lícitos a él. Si no se los hubiera dado, tampoco habría cometido ni un pecado ni una infracción. Dios no le había ordenado actuar de esa manera, y por supuesto, tampo­co se lo había prohibido en aquel momento. Se puso en la molestia y en la miseria por simpatía y caridad, dando a los demás, y Dios le dará la retribución. Este versículo no se con­forma pues con vuestro alegato, pues vosotros impedís y cen­suráis a la gente el utilizar sus propios bienes y los beneficios que Dios les ha decretado. Aquel día, los miembros de esta tribu dieron a manos llenas, pero una prescripción completa y perfecta en este terreno llegó a continuación de parte de Dios, determinando los límites de esta acción. Es bien evidente que esta prescripción es abrogante de su acción y que debemos ajustarnos a esta prescripción y no a aquella acción.
Para mejorar la situación de los creyentes y por la mediación de Su Clemencia particular, Dios ha prohibido que el indivi­duo se ponga en necesidad, él y los suyos, dando a otros lo que tiene en la mano, pues en la familia de un individuo se encuen­tran débiles, niños, ancianos decrépitos que no tienen capaci­dad de esfuerzo. Si tengo que dar el panecillo de que dispon­go, mi familia, que está a mi cargo, peligrará. Así, el Profeta (BPDyC) dijo:
“Cualquiera que posea algunos dátiles, algunos paneci­llos o algunos dinares que tenga intención de dar en li­mosna, debe hacerlo en primer lugar a sus padres, en se­gundo lugar a su mujer, sus hijos y a él mismo, en tercer lugar a sus parientes y a sus hermanos de religión, y en cuarto lugar dedicarlo a obras piadosas”.
Este cuarto caso viene después de todos los demás. El Envia­do de Dios, al saber que un hombre de Ansár dejó hijos de corta edad y que había dado en el camino de Dios toda su fortuna, dijo:
“Si me hubieseis informado antes, no habría permitido que le enterraseis en el cementerio musulmán: por su negli­gencia deja hijos que deben tender la mano ante la gente”.
Mi padre el Imam Báqer (P) me relató estas palabras del En­viado de Dios:
“En vuestras limosnas, comenzad siempre por vuestra fa­milia, en orden de parentesco: tiene prioridad quien es más próximo”.
Además de todo esto, el Santo Sagrado Corán prescribe vuestro méto­do y vuestra doctrina, diciendo:
«He aquí quienes son los servidores del Misericordioso: (...) aquellos que, en sus limosnas, no son ni pródigos ni avaros, sino que observan el equilibrio y la justa medi­da». Sagrado Corán, 25:65.
Numerosos versículos Sagrado Coránicos prohíben el derroche y el ex­ceso en la largueza, de la misma manera que prohíben la ava­ricia y la mezquindad. El Sagrado Corán ha asignado a esta acción la medida y la moderación, y no que el hombre dé a los demás todo lo que posea y se quede él mismo con las manos vacías, recurriendo entonces a la invocación: “¡Oh Dios mío!, dame el pan de cada día”. Dios no concede jamás este tipo de invo­cación, pues el Profeta (BPDyC) dijo:
“Dios no atiende la invocación de las siguientes personas:
A - Quien pide a Dios el mal para su padre o su madre.
B - Quien ha prestado un bien sin tomar testigo ni recibo de vuelta y, si el deudor ha consumido el bien, recurre entonces a la invocación, pidiendo a Dios una solución. Por supuesto, su invocación no es atendida, pues él ha borrado con su propia mano la vía del recurso dando su bien sin recibo ni testigo.
C - Quien pide a Dios que aparte la maldad de su mujer, pues la solución está en sus propias manos: si está verda­deramente importunado por esa mujer, puede rescindir, con el divorcio, el contrato de matrimonio.
D- Quien está sentado en su casa, cruzado de brazos, y reclama a Dios su pan cotidiano. Dios responde así a esta criatura ávida e ignorante: «¡Criatura mía! ¿No te he dado la posibilidad de moverte y desplazarte? ¿No te he dado órganos y miembros válidos? Te he dotado de brazos, pier­nas, ojos, oídos y de razón a fin de que reflexiones, que veas, oigas y que te muevas. La creación de todo ello res­ponde a un objetivo y un destino. Tu gratitud por estos beneficios consiste en emplearlos. Por consiguiente, te he señalado un ultimátum según el cual debes implicarte en la búsqueda del pan cotidiano, obedecer Mi orden relativa al esfuerzo y a la actividad y no ser un fardo para los de­más. Por supuesto, si concuerda con mi entera voluntad, te concederé una abundante subsistencia, y lo mismo si por algunas razones y a causa de algunas conveniencias, tu nivel de vida no adquiere amplitud, habrás cumplido evidentemente con tu deber -haciendo el esfuerzo requeri­do- y serás excusado».
Quien habiéndole concedido bienes y fortuna en abundancia los dilapidó. Recurriendo entonces a la invocación: ‘¡Oh Dios mío! dame mi pan cotidiano’. Dios le dice en respuesta: «¿No te he concedido tu pan cotidiano en abundancia? ¿Por qué no has observado la moderación? ¿No te había ordenado ser mo­derado en las donaciones? ¿No te había prohibido la prodi­galidad y las donaciones excesivas?».
Quien hace un du’a relativo a la ruptura de las relaciones familiares y pide a Dios cualquier cosa que implique esta rup­tura (o aquel que ha efectuado esta ruptura y que ha hecho una invocación a propósito de un problema cualquiera).
Dios ha enseñado en el Sagrado Corán, dirigiéndose en particular a Su Profeta (BPDyC), la manera de hacer limosna, pues sucedió la historia siguiente: Una cierta suma de oro se encontraba en casa del Profeta (BPDyC), quien quería utilizarla en beneficio de los pobres y no quería que permaneciese en su casa ni tan siquiera por una noche. Distribuyó pues, por aquí y por allá la totalidad del oro en el espacio de una jornada. Al día siguien­te por la mañana, un necesitado se presentó y le pidió ayuda insistentemente. Pero el Profeta (BPDyC) no tenía ya nada más para darle, lo que le puso extremadamente triste y pesaroso. Entonces es cuando fue revelado un versículo del Sagrado Corán, que dio instrucciones relativas a esta cuestión:
«No pongas tu mano cerrada a tu cuello, y no la extien­das tampoco demasiado ampliamente, sino te encontra­rás reprochado y falto de recursos» Sagrado Corán, 17:29
Estos son los hadices que nos han llegado del Profeta (BPDyC), y los versículos del Sagrado Corán también confirman el contenido de estos hadices, y por supuesto, los que son seguidores del Sagrado Corán y tienen fe en Él, también tienen fe en el contenido de los versículos del Sagrado Corán.
En el momento de su muerte, se pidió a Abu Bakr que hiciese testamento de sus bienes a lo que dijo: «Que un quinto de mis bienes sea dado como limosna y que el resto vuelva a mis he­rederos y un quinto no es poca cosa». Abu Bakr testó pues un quinto de sus bienes, mientras que un enfermo tiene el dere­cho, en su lecho de muerte a testar hasta un tercio. Si hubiese estimado que era mejor hacer uso de la integridad de su dere­cho, habría pues testado un tercio.
La vía y el método seguidos por Salmán y Abu Dhar, a los que conocéis por su sabiduría, su piedad y devoción, eran igual­mente conformes a lo que ya he expuesto.
Salmán, cuando recibía del tesoro público su parte anual, se­paraba de un lado el montante de sus gastos por un año para que le permitiese vivir hasta el año siguiente, por lo que le dijeron: “Tu que estás tan lleno de devoción y de piedad, ¿pien­sas en ahorrar para un año? Puede ser que te mueras hoy mismo o bien mañana y que no llegues al fin del año”. Salmán respondió: “También puede ser que no me muera. ¿Por qué consideráis como válida sólo la hipótesis de la muerte?, tam­bién existe la hipótesis de que permanezca vivo, en este caso tendré necesidades y gastos. ¡Oh ignorantes!, olvidáis que el yo del ser humano si no dispone en cantidad necesaria de los medios de subsistencia hace prueba de pereza y negligencia en la obediencia a Dios y pierde su ardor y su energía por la justa causa, pero se acrecienta si estos medios le son entrega­dos en cantidad necesaria”.
En cuanto a Abu Dhar, poseía algunos camellos y algunos cor­deros de los que utilizaba la leche, y si alguna vez le entraban ganas de comer carne, si le venía un invitado o veía a otros en necesidad, utilizaba la carne. Y si quería dar a los demás, se reservaba para sí una parte igual a la de los demás. ¿Quién fue el más sobrio de ellos?. El Profeta (BPDyC) ha dicho respecto a ellos cosas que todos ya sabéis. Así pues, estos hombres no se gastaron jamás la totalidad de su haber en el nombre de la devoción y la piedad, y no tomaron esta vía que proponéis hoy y que quiere que las gentes renuncien a todo lo que tienen y se queden, ellos y los suyos en dificultad.
Os informo de manera formal de este hadiz que mi padre ha relatado de su padre y sus antepasados del Enviado de Dios, que dice:
“No hay nada más sorprendente que el estado al que llega el creyente, que si su cuerpo queda despedazado en pie­zas, sería feliz y dichoso, de la misma manera que si le fuera concedida la propiedad del Oriente y del Occidente, sería igualmente feliz”.
La felicidad del creyente no está subordinada al hecho de que sea ciertamente pobre e indigente. Ella emana de su espíritu de fe y de convicción, pues sea cual sea la situación en la que se encuentre, sea la pobreza e indigencia o la riqueza y la opulencia, sabe que tiene en esta situación un cierto deber y, lo cumple convenientemente. Así, no hay nada más extraordi­nario que el estado alcanzado por el creyente, en el que todos los acontecimientos, las dificultades y las fatigas se transfor­man para él en bien y felicidad.
No se si ya os he dicho bastante hoy o si tengo que añadir algo...
Sabed que en la alborada del Islam, en aquella época en que el número de musulmanes era mínimo, la ley del Ida requería que un musulmán resistiera frente a diez descreídos, y si no resistía, ello constituía un pecado, un delito y una trasgresión; pero ya que después hubo más posibilidades, Dios aportó un gran alivio por Su bondad y Su clemencia y modificó esta ley de manera que cada musulmán no tuviera el deber de resistir más que frente a dos descreídos y no frente a más.
Quiero haceros una pregunta relativa a la ley y a los procesos islámicos: suponed que uno de entre vosotros esté procesado y que la cuestión del proceso sea la manutención de su esposa y el juez pronuncia una sentencia según la cual deberá asegu­rar su manutención. ¿Qué hace entonces? ¿Pretexta que es un asceta y que ha vuelto la espalda a los bienes de este mun­do? ¿Esta excusa es plausible? Según vuestro parecer, la sen­tencia pronunciada por el juez en cuanto a la manutención de su mujer. ¿Es conforme a la justicia y a la equidad o constitu­ye una injusticia y un delito? Si decís que esta sentencia es injusta habréis dicho una mentira manifiesta y por esta ca­lumnia impropia, habréis cometido injusticia y deslealtad con­tra toda la comunidad islámica. Y si admitís que la sentencia del juez es justa, vuestra excusa es nula, y admitiréis pues que vuestro método y vuestro procedimiento son vanos.
Otra cuestión: hay circunstancias en la que el musulmán da una serie de limosnas, obligatorias o no, como el zakát o la kaffárah. Así, suponiendo que la piedad tenga por significado el volver la espalda a la vida y a sus necesidades, y suponien­do que todos los hombres, conforme a vuestro deseo, se trans­formen en ascetas y se desentiendan de la vida y de lo que se necesita, ¿En qué quedan las donaciones expiatorias y las li­mosnas obligatorias? ¿En qué quedan el zakát obligatorio so­bre el oro, la plata, los corderos, camellos, bueyes, dátiles, pasas y demás?. Entonces ¿Qué es de estas limosnas en cues­tión? Estas donaciones, ¿Acaso no se han prescrito para que los «sin recursos» accedan a una vida mejor y se beneficien de los dones de la vida? Esto muestra en sí que el objetivo de la religión y la finalidad de sus principios es acceder a los bene­ficios de la existencia y beneficiarse de ellos. Si la finalidad y el plan de la religión fuesen la pobreza y el fin último de la educación religiosa fuera que el ser humano se desentendiera de este mundo y viviera en la indigencia y en la miseria. Los pobres entonces habrían alcanzado el objetivo supremo, y en­tonces habría que guardarse de darles nada, a fin de que no pierdan su estado agradable y bienaventurado. Ellos mismos no deberían aceptar nada, estando inmersos en el bienestar.
Básicamente, si la verdad es como lo decís, no conviene con­servar un bien; tenemos que dar todo lo que nos llega a las manos, y no queda lugar para el zakát.
Parece pues que habéis adoptado un método extremadamente desagradable y peligroso, y que invitáis a la gente a una doc­trina errónea. La vía que seguís y a la que llamáis a los demás resulta de una ignorancia evidente frente al Sagrado Corán, la tradi­ción del Profeta (BPDyC) y sus hadices. No se trata aquí de hadices dudosos, sino que, al contrario, el Sagrado Corán atestigua su autenti­cidad. Pero vosotros rechazáis los hadices auténticos del Pro­feta (BPDyC) si no concuerdan con vuestra manera de proceder, lo que es en sí mismo una ignorancia más. Vosotros no medi­táis en los significados de los versos Sagrado Coránicos y en los puntos sutiles y sorprendentes que contiene y de los que hace uso. Vosotros no conocéis la diferencia entre lo abrogante o lo abrogado, lo explícito y lo implícito. No discernís entre lo que está ordenado y lo que está prohibido.
¿Qué pensáis vosotros de la historia de Suleiman hijo de Daud quien reclamó a Dios el más alto reino al que se pudiese acce­der?. (Ver Sagrado Corán, 38:35.)
Dios le concedió un reino así. Evidentemente, Suleiman no reclamaba nada ilegítimo. Ni Dios en el Sagrado Corán, ni ningún cre­yente han criticado a Suleiman por haber querido un reino tal en este mundo. Es lo mismo del Profeta (BPDyC) Daud que vino tras Suleiman, así como de Iusuf que dijo oficialmente al so­berano «Adjudícame la tesorería, pues soy buen guardián, y buen conocedor». Sagrado Corán, 12:55
Después su situación fue tal que se le confiaron los asuntos de la regencia de Egipto hasta los alrededores del Yemen. La gente se llegaba de los alrededores y de lejos, por la penuria que sobrevino entonces, compraban provisiones y volvían. Es bien evidente que ni Iusuf aspiró a una acción inicua, ni Dios en el Sagrado Corán le criticó por esta acción. Igual que en la historia de Dhul Qarnain que era una criatura que amaba a Dios, y a la que Dios amaba. Los bienes del mundo fueron puestos a su disposición y llegó a ser poseedor del Oriente y del Occidente.
¡Oh vosotros!. Renunciad a esta vía inconveniente e instruíos en las verdaderas costumbres del Islam. No transgredáis lo que Dios ha ordenado o prohibido y no inventéis mandamien­tos. No os inmiscuyáis en los asuntos que no conozcáis. Infor­maos de la ciencia de estas cuestiones a través de sus sabios. Preocupaos de reconocer lo abrogante de lo abrogado, lo ex­plícito de lo implícito y lo lícito de lo ilícito. Esto es mejor para vosotros, más seguro y más alejado de la ignorancia. Apartaos de la ignorancia de la que muchos son partidarios, al contrario del saber, que tiene pocos partidarios. Dios ha dicho: «Por encima de cada sabio existe otro superior»

 

16 – ‘Ali y Assem ibn Ziad

Tras el fin de la guerra del Yamal [6] . ‘Ali (P) entró en Basora. Durante su permanencia, fue un día a visitar a uno de sus compañe­ros, llamado ‘Ali ibn Ziad Haressi. Este hombre poseía una casa amplia y suntuosa.
Al ver una morada de tal grandeza y de tal superficie, ‘Ali le dijo:
-¿De qué te sirve una casa de esa superficie en este mundo, cuando tienes más necesidad todavía de una amplia morada en el más allá? Pero si quieres, puedes hacer de esta amplia casa de este mundo, un medio de acceder a la amplia morada del más allá, acogiendo invitados y recibiendo a tus parientes próximos, dando a los musulmanes sus derechos y utilizándo­la como medio de vivificación y divulgación de estos dere­chos. Y, haciéndola salir del monopolio de las codicias perso­nales y de la utilización individual.
-¡Oh! Amir al Muminín, tengo quejas que hacerte contra mi hermano Assem, dijo ‘Ali ibn Ziad.
-¿Cuáles son tus quejas?
- Se ha vuelto anacoreta, lleva ropas gastadas, se ha aislado y retirado del mundo y ha abandonado todas las cosas y a todo el mundo.
-¡Que le hagan venir!
Hicieron venir a Assem, ‘Ali se volvió hacia él y le dijo:
-¡Oh enemigo de tu propia vida!. El Diablo te ha quitado la razón. ¿Por qué no tienes piedad de tu mujer y de tus hijos? ¿Crees tú que Dios te ha hecho lícito los beneficios puros de este mundo y luego se incomoda de que te aproveches de ellos? Eres menor que todo eso para Dios.
-¡Oh Emir al Muminín! -dijo Assem- tú mismo eres como yo, te impones tú también el rigor, eres exigente hacia ti mismo en la vida, tampoco llevas ropas suaves y no comes comidas deli­ciosas. Yo no hago pues más que lo que tú haces y sigo la misma vía que tú».
- Estás en un error. Yo soy diferente a ti. Tengo un titulo que tú no tienes. Ocupo el puesto del Imamato y del gobierno, y el deber del gobernador y del Imam es otro deber. Dios ha pres­crito a los jefes equitativos tomar las clases más débiles del pueblo como medida de su vida personal, y vivir como viven las gentes más pobres, a fin de que conozcan las dificultades de la pobreza y la indigencia, y que su aspecto sea reconfor­tante para el pobre. Por consecuencia, yo tengo un deber y tú otro.

 

17 - El rico y el necesitado

El Profeta (BPDyC) estaba sentado como de costumbre entre la asamblea. Sus compañeros, formando un círculo alrededor de él, le rodeaban como el engarte de un anillo. Mientras tanto entró un musulmán que era un hombre pobre y con ropa harapienta. Confor­me a la tradición islámica, según la cual, entrando en una asam­blea, debe uno, sea cual sea su rango, sentarse allá donde haya un espacio vacío, sin pretender un sitio especial bajo el pretexto de que su rango lo exige así, este hombre miró a su alrededor con atención y viendo un lugar vacío, fue a sentarse allí. Así fue a insta­larse al lado de un hombre rico, que recogió sus prendas y se puso aparte. El Profeta (BPDyC), que vio su comportamiento, se volvió ha­cia Él y le dijo:
- ¿Tienes miedo de que algo de su pobreza se pegue a ti?
-¡No, oh Enviado de Dios!
- ¿Tienes miedo de que algo de tu riqueza le contamine?
-¡No, oh Enviado de Dios!
- ¿Tienes miedo de que tus ropas se ensucien y se ajen?
-¡No, oh Enviado de Dios!
-¿Entonces por qué lo has evitado y te has apartado?
- Reconozco que he cometido un error y en expiación de mi pecado, estoy ahora dispuesto a dar la mitad de mis bienes a este hermano musulmán.
-Pero yo no estoy dispuesto a aceptar -contestó el hombre de los harapos-. -¿Por qué? -preguntó la asamblea-.
- Porque tengo miedo de que un día me llene de orgullo y me comporte ante un hermano musulmán de la misma manera que esta persona lo ha hecho conmigo.

 

18 - El comerciante y el caminante

Un hombre huesudo y de alta estatura, de cuerpo atlético y el rostro curtido señalado por las heridas del campo de batalla y con el rabillo del ojo desgarrado, pasó por el mercado de Kufa con pa­sos firmes y seguros. Allí, un comerciante estaba sentado delante de su tienda. Para provocar la risa de sus amigos, arrojó un puñado de inmundicias en dirección del hombre. El caminante, sin fruncir el ceño ni prestarle atención, prosiguió su camino con el mismo paso firme y seguro. Cuando se hubo alejado, uno de los amigos del comerciante le dijo:
- ¿Has reconocido quién era el caminante al que has ofendido?
-No. Era un caminante como cualquiera de los miles de que pasan cada día ante nuestros ojos. ¿Quién era pues esta per­sona?
-¡Toma! ¡No lo has reconocido! Ese caminante era Málik Ashtar Nayaí en persona, el célebre comandante y jefe del ejército.
-¿¡Cómo!? ¿Ese hombre era Málik Ashtar? ¿El mismo que pasma de miedo el corazón desde lejos y cuyo nombre hace temblar a los enemigos?
-SÍ, era él y nadie más que él.
- ¡Desgraciado de mi! ¿Qué he hecho yo? Va a ordenar que me castiguen y que me corrijan severamente. Voy corriendo a arrojarme a sus pies y suplicarle que corra un velo sobre mi falta.
Siguió los pasos a Málik Ashtar y le vio caminar en dirección de la mezquita. Se puso a seguirle y le vio ponerse en oración. Esperó pues a que acabara su oración, después fue a él y se presen­tó con un tono suplicante e implorante.
-Soy el que ha hecho prueba de ignorancia e insolencia hacia ti -le dijo-.
- En cuanto a mi, juro por Dios, que no he venido a la mezquita más que a causa de ti, le respondió Málik, pues he compren­dido que eres muy ignorante y extraviado, tú atormentas a la gente sin razón. He tenido compasión de ti y he venido a hacer un du’a al respecto, para pedir a Dios que te guíe por el cami­no recto. No, no tenía hacia ti las intenciones que tú creías ­fue la fulminante respuesta de Málik Ashtar

 

19 -Al-Ghazali y los bandoleros

Al-Ghazali, ilustre sabio del Islam, era originario de Tus (Tus era un pueblo de las proximidades de Mashad, en Irán). En aquella época, es decir alrededor del siglo quinto de la Hégira, Neyshabour era el centro y la cabeza de partido de ese cantón y era famoso por su escuela. Los amantes de la ciencia de esta región venían aquí a instruirse y a estudiar. Al-Ghazali conforme a la costumbre, se diri­gió igualmente a Neyshabour y a Gorgán, y durante años adquirió conocimientos a los pies de los maestros y eruditos, con avidez y un deseo ardiente. A fin de que sus conocimientos no cayesen en el olvido y que los frutos que había así recogido no se le fuesen de las manos, los anotaba a medida que los recogía y los agrupaba en opúsculos. Quería estos opúsculos, que eran el producto de años de trabajo, como a la niña de sus ojos.
Años más tarde, decidió regresar a su patria. Empaquetó en un fardo los opúsculos puestos en orden y, con una caravana, se puso en camino en dirección a su tierra natal.
La caravana se topó por casualidad con una banda de bandole­ros, que la hicieron parar y arrebataron uno a uno todo lo que en­contraban de bienes y fortuna.
Llegó el turno de Al-Ghazali. Cuando la mano de los bandole­ros se dirigió a la alforja, Al-Ghazali se puso a suplicar y a lamentarse.
-Excepto esto -decía- llevaos todo lo que poseo. Dejadme esto, por favor.
Los bandoleros se figuraron que ciertamente había en el inte­rior de ese saco bienes de gran precio. Lo abrieron pues y no encontraron otra cosa mas que unos manojos de papel ennegrecido.
-¿Qué es esto -preguntaron- y para qué sirve?
-Sea lo que sea -respondió Al-Ghazali-no os sirve para nada, pero me es útil a mi.
-¿En qué te es útil?
-Son los frutos de años de estudios. Si me los cogéis, mis conocimientos estarán arruinados, y mis años de trabajo en la vía del estudio de la ciencia habrán sido en vano.
-Verdaderamente, ¿tus conocimientos consisten en lo se en­cuentra aquí dentro?
-Sí.
-¿Una ciencia cuyo lugar es el fondo de un saco y que es susceptible de ser robada?. ¡Eso no es ciencia!. Ve a meditar tu suerte.-respondió uno de los ladrones-.
Estas simples palabras populares trastornaron el espíritu culti­vado y sagaz de Al-Ghazali. Él, que no pensaba hasta ese día más que en escuchar maquinalmente al profesor y en anotar en sus cua­dernos todo lo que escuchaba, se dedicó a educar su cerebro para la reflexión, a meditar y a indagar por más tiempo y recomendar los asuntos útiles al registro de su espíritu.
Los mejores consejos -decía Al-Ghazali- Aquellos que trans­formaron el gobierno de mi vida intelectual, los escuché de la boca de un asaltador de caminos.

 

20 - Ibn Sina e Ibn Mascouvieh

Abu ‘Ali ibn Siná no había alcanzado todavía la edad de veinte años y ya se había instruido en las ciencia de la Época y había llegado a ser el más eminente de su tiempo en teología, ciencias naturales, matemáticas y ciencias religiosas. Fue un día a las clases de Abu ‘Ali ibn Mascouvieh, ilustre sabio de aquella época. Con mucho orgullo, arrojó una nuez delante de Ibn Mascouvieh y le dijo:
-¡Determina su superficie!
Ibn Mascouvieh puso delante de Ibn Siná unos fascículos de una obra que había escrito en la rama de la ética y de la educación , titulado Taharat ul-A’rad.
-Reforma de inmediato tu conducta -le dijo-antes de que yo determine la superficie de la nuez. Tienes mucha más necesi­dad de enmendar tus costumbres que yo de determinar la su­perficie de esta nuez.
Estas palabras pusieron a Abu ‘Ali en una gran confusión y le sirvieron de orientación ética a lo largo de toda su vida.

 

21 - Recomendación de un asceta

El calor estival se había intensificado. El sol caía fuerte sobre Medina y sobre los jardines y las granjas de los alrededores. Fue entonces cuando un hombre llamado Muhammad ibn Mokader, que se identificaba con los ascetas, con los piadosos y con los anacore­tas, llegó casualmente a los alrededores de Medina. Su mirada se posó de súbito en un hombre corpulento que con toda evidencia había salido a esta hora del día para visitar y ocuparse de sus gran­jas y que, a causa de su corpulencia y fatiga, andaba con la ayuda de varias personas que estaban a sus costados y pertenecían segura­mente a sus próximos.
- ¿Quién es este hombre, se preguntó, que se afana con este calor por las cosas de este mundo? Se acercó todavía más. ¡Sorprendente!. Este hombre es Muhammad ibn ‘Ali ibn Husein. ¿Por qué esta honorable persona persigue las cosas de este bajo mundo? Tengo que aconsejarle y disuadirle para que actúe de otro modo.
Se acercó y le saludó. El Imam Báqer (P), sofocado y bañado en sudor, le devolvió el saludo.
-¿Conviene que un hombre honorable como tú salga de su casa en busca de las cosas de este mundo, a esta hora del día y con un calor semejante, sobre todo con esta corpulencia que te hace ciertamente soportar muchos sufrimientos? -le pre­guntó-.
-¿Quién está avisado de la muerte? ¿Quién sabe cuándo mo­rirá? Puede que la hora de tu muerte suene en este mismo instante. Si, Dios no lo quiera, la muerte te sorprende en tal estado, ¿cuál será tu suerte? ¡No es digno de ti que persigas las cosas de aquí abajo y soportes tantos sufrimientos y penas, con esta corpulencia, con estos días de calor. Esto no es digo de ti!
El Imam Báqer (P) retiró sus brazos de las espaldas de sus hombres y se apoyó contra el muro.
- Si la muerte me sorprendiera en este mismo instante, dejaría este mundo en estado de adoración de Dios y cumpliendo con mi deber, pues este trabajo es la obediencia y la sumisión mis­mas a Dios. ¿Tú te has figurado que el culto se reduce al dikr (mencionar el nombre de Dios), a la oración y a los «du’a» (ruegos a Dios)? Como ves, tengo una existencia que adminis­trar, tengo gastos y si yo no trabajo, si no me esfuerzo, habré de tender una mano mendicante hacia ti y tus semejantes. Yo voy a ganarme mi subsistencia a fin de no tener necesidad de nadie. Si yo me encontrara en estado de pecado, de infracción de los mandamientos divinos, es cuando debería temer la lle­gada de la muerte y no en mi estado actual de obediencia a la orden de Dios que me ha encargado no ser un fardo para los demás y ganarme yo mismo mi propia subsistencia»
-¡Qué error he cometido entonces! - dijo el asceta - Me figuraba que aconsejaba a otro. Me acabo de dar cuenta que era yo mis­mo quien estaba en el error, que seguía una línea de conducta erró­nea, y que era yo quien tenía una gran necesidad de ser aconsejado.

 

22 - En el banquete del califa

Motawakel, califa abbásida sanguinario y tiránico, estaba asus­tado de la atención espiritual que el pueblo otorgaba al Imam Hadi (P), y no soportaba el que las gentes estuvieran dispuestas de buen grado a obedecer sus órdenes. Además, malas lenguas le dijeron que el Imam, ¿quién sabe? alimentaba quizás secretamente el de­seo de una revolución y que no era improbable que se encontrasen en su casa armas o al menos cartas que fuesen un indicio en la materia. Es así que un día, después de la media noche, cuando todo el mundo se había ido a dormir, Motawakel envió a casa del Imam, de manera secreta y sigilosa, a un cierto número de sus verdugos y de sus próximos para inspeccionar su morada y detenerle. Motawakel había tomado esta decisión mientras estaba bebiendo embriagantes, en un banquete que había organizado. Sus agentes entraron de improviso en la casa del Imam y se ocuparon en primer lugar del Imam mismo. Le vieron sentado sobre arenilla en una habitación en la que había levantado la estera, absorto en el dikr y en confidencias y ruegos dirigidos al Creador. Entraron en las otras piezas y no encontraron nada de lo que buscaban. Se vieron pues obligados a contentarse con llevar al Imam a presencia de Motawakel.
Cuando el Imam entró, Motawakel, sentado en el lugar de ho­nor del banquete, estaba bebiendo. Dio orden de hacer sentar al Imam a su lado. Este se sentó pues, y Motawakel le ofreció la copa de vino que tenía en la mano. El Imam rehusó diciendo:
-Juro por Dios que el vino jamás ha penetrado en mis venas ni en mi carne. Líbrame de ello.
Motawakel consintió.
-Recita algunos versos, -dijo entonces-, honra nuestra asam­blea declamando poemas exquisitos que hagan nuestras deli­cias
- Yo no soy hombre de poesías -dijo el Imam-y tengo en la memoria pocos poema antiguos.
- No hay pretexto, es absolutamente imprescindible que reci­tes algunos poemas -insistió el tirano-
El Imam se puso pues a recitar versos de este talante:
“Se hicieron una morada de altas cimas; hombres arma­dos estaban permanentemente a sus costados y los vigila­ban, pero ninguno de ellos pudo detener la muerte y pre­servarlos del perjuicio del tiempo.
A fin de cuentas, al flanco de estas cimas elevadas, del seno de estas murallas sólidas y firmes, fueron arrojados al fondo de los abismos del sepulcro, y ¡con qué pena des­cendieron a estos abismos!
Es entonces cuando se elevó la voz de un heraldo, gritán­doles: ¿Dónde han ido los atavíos y las coronas, la sun­tuosidad, la gloria y la magnificencia?. ¿Dónde han ido, esos rostros sensuales que tras cortinas multicolores, por ostentación y por orgullo, siempre se ocultaron a la mira­da de las gentes?.
¡La tumba desacreditó la grandeza de sus destinos. Esos rostros sensuales transformaron después de todo, el cam­po en gusanos de tierra moviéndose sobre ellos!.
¡Durante largo tiempo, bebieron y comieron de los bienes de este mundo e ingirieron de todo; pero aquellos mismos que fueron consumidores de todas las cosas fueron a su vez consumidos por la tierra y los insectos de ella!”.
La voz del Imam, con un timbre particular y un tono que pene­tró hasta el fondo del alma de los asistentes, incluido el mismo Motawakel, acabó el poema. Los vapores del alcohol se evapora­ron del cerebro de los bebedores. Motawakel estrelló violentamen­te contra el suelo su copa de vino y fluyeron lágrimas de sus ojos. Así es como fue arruinado este banquete y como la luz de la verdad llegó, aunque por un corto instante, a descargar un corazón lleno de crueldad del polvo de la vanidad y la indolencia.

 

23 - La oración del ‘Id

Tras haber vencido y hecho desaparecer a su hermano Muhammad Amin y mientras todo el vasto territorio del califato de la época fue puesto bajo su dominio e influencia, Al-Ma’mun, cali­fa abbásida, inteligente e ingenioso, vivía todavía en Marw (que formaba parte del Jorasán de entonces) cuando le escribió una car­ta al Imam Reza (P) que habitaba en Medina, ordenándole acudir a Marw. El Imam Reza (P) buscó justificaciones y se excusó de dife­rentes maneras para acudir a Marw. Pero Al-Ma’mun no desistió. Escribió carta tras carta hasta que fue evidente para el Imam que el califa no desistiría.
Dejó pues, el Imam Reza(P) Medina por Marw, donde Al-Ma’mun le propuso hacerse cargo de los asuntos del califato. El Imam, que había leído en el fuero interno de Al-Ma’mun y sabía que esta propuesta tenía una intención puramente política, no sus­cribió de ninguna manera su proposición.
Este asunto continuó durante dos meses en los mismos térmi­nos, con la insistencia de una parte y el rechazo y la repulsa de la otra.
Finalmente viendo que su posición no era aceptada, Al-Ma’mun propuso al Imam que aceptase ser su sucesor. El Imam aceptó este puesto con la condición de que fuera una cuestión puramente for­mal y que él no tomaría ninguna responsabilidad de gobierno ni intervendría en ningún asunto político, y Al-Ma’mun consintió en ello.
De esta manera Al-Ma’mun obtuvo del pueblo el juramento de fidelidad. Envió una circular por las diferentes ciudades, dando la orden de acuñar moneda y predicar desde el púlpito en nombre del Imam.
Llegó un día de fiesta, ‘Id al-Gorbán, (la fiesta del Sacrificio). Al-Ma’mun envió un sirviente junto al Imam para rogarle que asis­tiese a esta fiesta e hiciese la oración del ‘Id con el pueblo a fin de implicarle más en los asuntos oficiales. El Imam le hizo transmitir el siguiente mensaje:
- Nuestro pacto estipula que yo no intervendré en ningún asunto oficial. Por consiguiente, me excusó de acudir.
- Es preferible que vayas allí -le respondió Al-Ma’mun-, a fin de que sea confirmada la cuestión de sucesión.
Insistió y persistió tanto y de tal manera que el Imam terminó por decir:
- Es preferible que me dispenses de ello pero, si a pesar de todo, es necesario que vaya, cumpliré esa prescripción divina de la misma manera que el Enviado de Dios y ‘Ali ibn Abu Tálib lo hicieron.
- Eres dueño de hacerlo como desees -aceptó Al-ma’mun-.
La semana del día de la fiesta, conforme al uso y costumbres adquiridas en tiempos de los califas, los jefes del ejército, los no­bles y los notables se vistieron con suntuoso ropajes y, así prepara­dos, montados en caballos enjaezados, se presentaron delante de la casa del Imam, para participar en la oración del ‘Id. Las gentes del pueblo se prepararon, ellos también, en las calles y en los pasajes esperando el glorioso cortejo del sucesor para dirigirse, escoltán­dolo, hasta el lugar de la oración. Un gran número de hombres y mujeres estaban también subidos en las terrazas a fin de contem­plar de cerca la majestuosidad y la magnificencia del cortejo del Imam. Todos esperaban el momento en que la puerta de la casa del Imam se abriera y apareciese el cortejo imperial.
Por otra parte como se había comprometido con anterioridad con Al-Ma’mun, el Imam Reza (P) se disponía a participar en la oración del ‘Id de la misma manera que la llevaban a cabo el Envia­do de Dios y el Imam ‘Ali y no como la realizaron posteriormente los califas.
Así, al despuntar el alba, hizo el gusl (baño ritual de purifica­ción), después se colocó un turbante blanco, uno de cuyos extre­mos caía sobre su pecho y el otro sobre la espalda, se descalzó, levantó el bajo de su vestido y dijo a sus hombres que hicieran lo mismo. Tomó en su mano una caña con contera de hierro y salió de su morada en compañía de sus hombres y, conforme a la tradición islámica para ese día, exclamó en voz alta: “Allahu Akbar, Allahu Akbar” (¡Dios es más grande!. ¡Dios es más grande!).
La muchedumbre unió su voz a la suya para recitar esta con­signa, y lo hizo al unísono y con tanto fervor y emoción que parecía venir del cielo, de la tierra y de todas partes. El Imam hizo alto un instante ante la puerta de la casa y recitó con voz fuerte esta oración:
“Dios es el más grande, Dios es el más grande, Dios es el más grande. Que le sea agradecido el habernos guiado. Dios es el más grande, que Le sea agradecido el habernos acordado el ganado (del sacrificio). Alabanzas a Dios que nos ha hecho salir victoriosos de la prueba”.
Toda la muchedumbre repitió al unísono esta frase con una voz poderosa mientras todos lloraban con cálidas lágrimas en la exaltación de sus sentimientos. Los comandantes del ejército y los oficiales, que habían venido de uniforme, montados a caballos y calzados con botas, se imaginaban que el sucesor del trono saldría a caballo. En cuanto vieron al Imam a pie, en este estado de senci­llez y atención a Dios, se vieron sumergidos por la emoción a tal punto que con lágrimas, elevaron la voz para recitar la oración. Descendieron a toda prisa de sus monturas y se descalzaron las botas. Aquel que encontraba un cuchillo para cortar los cordones de sus botas sin entretenerse en desatarlos, se consideraba más fe­liz que los demás.
La ciudad de Marw no tardó en llenarse de lamentaciones y lloros y a no ser más que un lago de sensaciones, emoción, fervor y lamentos. Cada diez pasos, el Imam Reza (P) paraba y repetía la oración cuatro veces, y la muchedumbre en llanto le acompañaba con una voz cargada de emoción. El estrépito y la grandeza espiri­tual, de verdad habían avivado tanto las sensaciones del pueblo que se olvidaron del fasto y la grandeza de los símbolos materiales. Las filas de gente se pusieron en marcha con fervor y entusiasmo en dirección al lugar de oración.
La noticia llegó a oídos de Al-Ma’mun. Sus próximos le advir­tieron que si esta situación continuaba algunos minutos más, se presagiaba el peligro de una revolución. Al-Ma’mun se sintió sacu­dido. Inmediatamente hizo decir al Imam:
- Vuelve a tu casa, pues puede que seas importunado y corras algún peligro.
El Imam pidió su calzado y sus ropas, se las puso y volvió diciendo:
-Ya os había advertido desde el principio que mejor sería que me hubierais dispensado de esto.

 

24 - Escuchando la invocación maternal

Aquella noche, escuchaba sin fin los propósitos de su madre, que se había orientado hacia la qiblah (en dirección a la Kaaba en la ciudad de Meca) en un rincón de la habitación. Esa noche, ma­drugada del viernes, observaba las inclinaciones y prosternaciones, los movimientos de la oración maternal. Aunque todavía era un niño, estaba atento a su madre, que hacía tantos du’as en favor de mujeres y hombres musulmanes, nombrándolos uno a uno y pi­diendo a Dios Todopoderoso felicidad, clemencia, favor y dádivas para cada uno de ellos, sin solicitar nada a Dios para ella misma.
El Imam Hasan permaneció despierto aquella noche hasta la mañana, siguiendo con la vista la conducta de su madre Fátima (P). No terminaba la larga espera para ver como su madre invocaba a Dios en su propios favor, y qué beneficio, qué felicidad le pediría par ella misma.
El alba sucedió a la noche transcurrida en oraciones y en du’as en favor de otros, sin que el Imam Hasan escuchara a su madre pronunciar una sola palabra de invocación en favor de ella misma.
- Madre -le dijo por la mañana-te he escuchado toda la noche. ¿Por qué has solicitado el bien para los demás sin pedir nada para ti misma?.
-Hijo mío bien amado -respondió con ternura la madre-pri­mero son los vecinos, luego tu propio hogar.

 

25 - Ante el juez

Un demandante presentó su demanda ante el poderoso califade la Época, Umar ibn al-Jatab. Las partes litigantes fueron convo­cadas para exponer su diferencia. La persona contra la que era puesta la demanda era Amir al-Muminin, ‘Ali ibn Abu Tálib (P). Umar convocó a las dos partes y se sentó en el lugar del juez. Según las prescripciones islámicas, las dos partes del litigio deben sentarse al lado una de la otra y el califa llamó al demandante por su nombre y le ordenó estar de pie en un lugar, preciso ante el juez. Después se volvió hacia ‘Ali y le dijo:
-¡Oh Abal Hasan!, colócate al lado del demandante.
Al oír esta frase, los rasgos de ‘Ali se ensombrecieron y signos de contrariedad aparecieron en su rostro.
-¡Oh ‘Ali! -le dijo el califa-. ¿No te agrada estar de pie al lado de tu demandante?.
-Mi contrariedad no es debida a que deba estar de pie al lado de la parte contraria. Lo que me ha disgustado ha sido el he­cho de que no has respetado enteramente la justicia, pues mien­tras me has nombrado con respeto y te has dirigido a mí por mi sobrenombre diciendo: “¡Oh Abal Hasan!” te has dirigido a la parte contraria por su nombre propio. Esta es la razón de mi pena y contrariedad.

 

26 - En la comarca de Mina

Un cierto número de peregrinos estaban reunidos en la comar­ca de Mina. El Imam As-Sadeq (P) y un grupo de sus compañeros se habían sentado un instante para comer uvas. Apareció un mendi­go que pidió asistencia. El Imam tomó unas uvas y quiso dárselas, pero el mendigo no las aceptó.
- Dame dinero -dijo-.
- En absoluto, no tengo dinero -le respondió el Imam-.
Contrariado, el mendigo se fue. Pero tras haber dado algunos pasos, cambió de idea y dijo:
-Entonces dame esas uvas.
-En absoluto -le respondió entonces el Imam, que no le dio las uvas-.
No tardó en presentarse otro mendigo y solicitar asistencia. El Imam tomó para él un racimo de uvas y se lo dio. El mendigo lo tomó y dijo:
- Alabanzas al Señor de los Mundos que me ha concedido la subsistencia.
Escuchando esta frase, el Imam le ordenó pararse, se llenó las dos manos de uvas y se las dio. Por segunda, vez el mendigo dio gracias a Dios.
-Espera, no te vayas -le dijo-el Imam, se volvió hacia uno de sus hombres que se encontraba allí y le preguntó:
- ¿Cuánto dinero tienes?
Tenía cerca de veinte dirhams que a una orden del Imam dio al mendigo. Por tercera vez, este último alabó al Creador diciendo:
- Alabanzas a Dios solo, Mi Dios, Tu eres el Benefactor y no tienes asociado.
Oyendo esta frase, el Imam se quitó su vestido y se lo dio al mendigo. En aquel momento, el mendigo cambió de tono y pronun­ció una frase de agradecimiento hacia el Imam. Tras esto, el Imam no le dio nada más y se fue.
-Comprendimos -dijeron los compañeros que estaban senta­dos allá-que si el mendigo hubiese continuado agradeciendo y alabando a Dios, el Imam le habría prestado todavía más asistencia. Pero como cambió de tono, alabando al Imam y testimoniándole su gratitud, dio fin a su ayuda.

 

27 - Los levantadores de peso

Dos jóvenes musulmanes, practicantes de deportes, realizaban un concurso de levantamiento de peso. Había allí una gran piedra que era tomada como medida de la fuerza y virilidad de estos jóve­nes, y que cada uno desplazaba según su capacidad. En ese mo­mento llegó el Profeta (BPDyC).
-¿Qué hacéis? -preguntó-.
- Hacemos deporte. Queremos ver cuál de entre nosotros es el más fuerte y el más poderoso.
-¿Queréis que os diga yo mismo quién es el más fuerte y el más poderoso de todos?.
-¡Claro! ¡Quién mejor que el Enviado de Dios para que sea el árbitro del concurso y quien conceda el premio de honor! respondieron-.
Los miembros de la asamblea estaban todos a la expectativa, por ver a quién iba el Enviado de Dios a designar como el héroe. Algunos decían, que el Profeta (BPDyC) iba a alzarle ahora la mano y presentarle como el gran ganador del concurso.
Así pues, he aquí lo que dijo el Enviado de Dios:
-Más fuerte y más poderoso es todo aquel cuyo interés por una cosa que le place y de la que se enamora no le separa del eje de la justicia y de la benevolencia y no le lleva a maquinar ninguna villanía. El más fuerte es aquel que, si en alguna oca­sión se arrebata y una ola de cólera invade su espíritu, guarda el control de sí mismo, no dice otra cosa que la verdad y no pronuncia una palabra de mentira ni de insulto; Éste adquiere poder e influencia, por la cual son superados obstáculos y tra­bas, y no sobrepasa, sin embargo, la medida de aquello a lo cual tiene derecho.

 

28 - Francamente convertido al Islam

Dos vecinos, uno musulmán y el otro cristiano, charlaban a veces a propósito del Islam. Un día el musulmán, que era un hom­bre piadoso y muy practicante, describió y contó tanto sobre el Is­lam que su vecino cristiano se sintió atraído por el Islam y se con­virtió.
La noche llegó y de madrugada, el cristiano recién convertido oyó llamar a su puerta.
-¿Quién es? -preguntó, sorprendido e inquieto-. Una voz se oyó desde detrás de la puerta:
-Soy yo, Fulano...-Se trataba del vecino musulmán a través del que se había convertido al Islam-.
-¿Qué quieres a estas horas de la noche?
-Haz rápido tu ablución y vístete que vamos a la mezquita para rezar la oración del alba.
Por primera vez en su vida, el recién convertido hizo la ablu­ción y salió para la mezquita en compañía de su amigo musulmán. El amanecer estaba lejos todavía, vino el momento de la oración meritoria de la noche, e hicieron la oración hasta el inicio del alba. Se aplicaron a continuación a la oración del alba (Subh) y, entre ruegos y súplicas, amaneció.
El nuevo convertido se levantó para volver a su casa.
-¿Dónde vas? -le preguntó su amigo-.
- Quiero volver a casa. Acabamos de hacer la oración del alba y no tenemos nada más que hacer aquí.
-Espera un poco y haz las súplicas de la oración hasta que el sol se eleve -insistió el viejo musulmán-.
-Muy bien, así lo haré -accedió el recién convertido-.
Volvió a sentarse y conmemoró a Dios hasta que el sol se elevó y más aun. Se levantó entonces para irse, pero su amigo le tendió un Sagrado Corán diciendo:
-Lee un poco del Sagrado Corán hasta que el sol se eleve en el cielo. Además, te aconsejo ayunar hoy mismo, ¡No sabes que el ayu­no incrementa el mérito y la virtud!.
El mediodía se acercaba poco a poco.
-Espera un poco -le dijo entonces-es mediodía, haz la ora­ción de Dohr en la mezquita.
La oración de Dohr fue rezada.
-Espera -le dijo entonces-el momento de la oración de la tarde (Asr) no tardará en llegar. Haremos ésta también en el momento privilegiado, en el que se obtiene mayor bendición.
Tras la oración de Asr, haciéndole ver que la jornada estaba casi finalizada, lo retuvo hasta la hora de la oración del ocaso ( Magrib). Tras esta oración, el nuevo convertido quiso ir a romper el ayuno.
-No falta más que una oración, la de la noche (Isha) -le dijo su amigo- espera todavía alrededor de una hora tras la caída de la noche». Llegó la hora de Isha y también esta oración fue rezada. Después, el nuevo convertido pudo regresar a su casa.
A la noche siguiente, al llegar el alba, escuchó de nuevo llamar a la puerta.
-¿Quién está ahí? -preguntó-.
-Soy Fulano, tu vecino -le respondió-Haz rápido la ablución y vístete a fin de que vayamos juntos a la mezquita.
-Anoche de vuelta de la mezquita, renuncié a esta religión. Ve a buscar algún otro más desocupado que yo, que no tenga nada que hacer y pueda pasar su tiempo en la mezquita. Yo soy un hombre pobre y padre de familia numerosa, necesito trabajar y ganar el pan de cada día.
- Así,-dijo el Imam As-Sadeq (P) a sus compañeros tras haber­les contado esta historia- este hombre piadoso pero severo hizo salir del Islam al infeliz que había hecho entrar. En conse­cuencia, cuidad de no ser intransigentes para con los demás. Tened en cuenta su capacidad de resistencia y su aptitud a fin de poder hacer de manera que sean atraídos por la religión y no que la huyan. ¿Sabéis que, si bien la táctica política de los Omeya se basa en la moral severa, la brusquedad y el rigor, nuestra línea de conducta reposa en la dulzura, la modera­ción, la amabilidad y la conquista de los corazones?

 

29 - En la mesa del califa

Charik ibn Abdullah Najai, uno de los reputados jurisconsul­tos del siglo segundo de la Hégira, era conocido por su ciencia y su piedad, y Al-Mahdi ibn Al-Mansur, califa abbásida, estaba extre­madamente deseoso de confiarle el cargo de juez. Pero, para man­tenerse a distancia del sistema opresor, Charik ibn Abdullah no lo aceptaba. El califa deseaba igualmente hacerle profesor particular de sus hijos a fin de que les enseñase la ciencia del hadiz, pero Charik rehusó también esta tarea y se contentaba con la existencia libre y pobre que llevaba.
Un día, el califa le hizo venir y le dijo:
-Hoy tienes que consentir en una de estas tres cosas: o aceptas el cargo de juez, o tomas a tu cargo la instrucción y educa­ción de mis hijos, o bien, hoy mismo te sientas a nuestra mesa y comes con nosotros.
Charik reflexionó y dijo:
-Puesto que soy violentado y forzado a una de estas tres tareas, la tercera me resulta evidentemente más fácil.
Así pues, el califa ordenó al jefe de cocina preparar ese día para Charik los manjares más deliciosos. Se prepararon platos mul­ticolores a base de médula mezclada con azúcar cande y miel, y fueron servidos en la mesa.
Charik, que hasta entonces no había comido ni tan siquiera visto tales manjares, comió con gran apetito.
- Juro por Dios -murmuró el cocinero al oído del califa-que este hombre no verá más el rostro de la salvación.
No tardó en verse a Charik tomar a su cargo la instrucción de los hijos del califa, y aceptar el puesto de juez. Con cargo al tesoro público, le fue igualmente fijada una pensión.
Un día, porfiaba con el encargado de la distribución de sala­rios, que le dijo:
-¡No nos has vendido trigo para porfiar de esa manera!.
-Os he vendido algo mejor que el trigo -respondió acalorado Charik- os he vendido mi religión.

 

30 - Quejas de un vecino

Una persona se dirigió al Profeta (BPDyC) y le presentó quejas contra su vecino, diciendo que aquél le importunaba y le privaba del descanso.

-Ten paciencia y no provoques escándalo contra tu vecino -le respondió el Profeta (BPDyC)-, puede ser que cambie de compor­tamiento.

Tras algún tiempo, el hombre volvió reiterando su queja.

-Paciencia -le dijo también esta vez el Profeta (BPDyC)-. Pero el hombre volvió una tercera vez diciendo:

- ¡Oh Enviado de Dios!, mi vecino no renuncia a su comporta­miento y nos causa molestias continuamente.

-El viernes próximo -le respondió esta vez el Profeta (BPDyC)-saca de tu casa tus pertenencias y tus efectos y ponlos a la vista donde pasa la gente. Te preguntarán por qué has sacado allí tus cosas. Diles que es a causa de un mal vecino, y expón tus quejas a todos el mundo.

Llegado el Viernes, el demandante así lo hizo. El vecino perju­dicial, que se imaginaba que el Profeta (BPDyC) daría la orden de tener paciencia y resistir, ignoraba que cuando se trata de eliminar la opresión y de defender los derechos, el Islam no reconoce al trasgresor, ni respeto, ni honor. Así que, cuando éste vio lo que estaba sucediendo, se sumió en súplicas, implorando al hombre que volviese a meter sus cosas en la casa. y se ocupó al instante de no causar de ninguna manera más molestias a su vecino.

 

31 - La palmera datilera

Samarah ibn Jandab poseía una palmera datilera en la propie­dad de un Ansar. La casa del hombre ansar, que vivía con su mujer y sus hijos, se encontraba justo a la entrada de la propiedad. Samarah iba allí a veces a recabar noticias de su datilera o a recoger dátiles. Bien entendido que, según la ley islámica, tenía «derecho» de en­trar y salir de esta propiedad y ocuparse de su árbol.

Así, cada vez que quería ir a ver su árbol, Samarah entraba en la casa con desenvoltura y sin prevenir, y aprovechaba para lanzar miradas indiscretas.

El dueño de la casa le rogó que no entrase de improviso, pero éste no consentía en ello. El dueño de la casa se vio obligado a presentar sus quejas ante el Profeta (BPDyC).

- Este hombre entra en mi casa sin avisar -le dijo-Pídele que no entre de improviso y sin advertir a fin de que mi familia sea avisada con antelación y se guarde de sus miradas indiscre­tas.

El Profeta (BPDyC) hizo venir a Samarah y le dijo:

- Un hombre se queja de ti. Dice que entras en su casa sin avisar y que inevitablemente ves a su familia en un estado en el que no les gusta ser vistos. Pide antes permiso y no entres sin advertir y sin ser autorizado.

Pero Samarah no consintió.

-Entonces vende el árbol -le dijo el Profeta (BPDyC)-.

Pero Samarah no consintió en ello. El Profeta (BPDyC) elevó el precio, pero Samarah nunca aceptaba. Subió todavía más su precio, mientras Samarah persistía en rehusar.

-Si lo vendes -le decía el Profeta (BPDyC)-habrá un árbol para ti en el Jardín. Pero Samarah decía siempre que no. Permanecía obstinadamente en sus posiciones, no estando dispuesto ni a renunciar a su árbol, ni a pedir permiso al propietario antes de entrar en la propiedad.

- Tú eres un hombre pernicioso e intransigente -le dijo enton­ces el Profeta (BPDyC)-pues el causar perjuicio y mostrarse in­tratable no tiene lugar en la religión del Islam. Después se volvió hacia el hombre ansar y le dijo:

-Ve y arranca el datilero y échalo delante de Samarah.

El hombre marchó a su casa e hizo lo que el Profeta (BPDyC) le había dicho.

- Ahora -dijo entonces el Profeta (BPDyC) a Samarah-ve a plan­tar tu árbol allá donde el corazón te diga.

 

32 - En la casa de Umm Salamah

El Profeta (BPDyC) se encontraba aquella noche en la casa de Umm Salamah. A la mitad de la noche, Umm Salamah se despertó y se dio cuenta de que el Profeta (BPDyC) ya no estaba en su lecho. Se preguntó, inquieta, que le habría podido pasar. Sus celos instinti­vos la llevaron a averiguarlo. Se levantó pues y se puso a buscarlo. Encontró al Profeta (BPDyC) en un rincón oscuro, con los brazos ele­vados hacia el cielo, y derramando lágrimas mientras decía :

- ¡Dios mío, no me tomes las cosas buenas que Tu me has dado; Dios mío no me expongas al reproche de los enemigos y envidiosos; Dios mío, no me abandones jamás a mi mismo, aunque solo sea por el tiempo de un abrir y cerrar de ojos!.

Oír esas palabras así dichas, hizo temblar a Umm Salamah, que se sentó en un rincón y se puso a llorar. Sus lloros tomaron en seguida tanta intensidad que el Profeta (BPDyC) fue a preguntarle.

-¿Por qué lloras?.

-¿Cómo podría no llorar? ¡Tú que gozas de una posición tal, de un rango tal ante Dios, Le temes hasta ese punto, Le pides que no te abandone a ti mismo ni un instante!. ¿Qué decir entonces de mi y de mis semejantes?.

-¡Oh Umm Salamah! -le respondió el Profeta (BPDyC)-. ¿Cómo podría sentirme seguro y sin inquietud? El Profeta Jonás fue abandonado un instante a él mismo y le aconteció lo que es sabido.

 

33 - Mercado negro

La familia del Imam As-Sadeq (P) había crecido y sus gastos domésticos se habían incrementado. El Imam concibió el proyecto de obtener algo de dinero con el comercio a fin de satisfacer los gastos familiares. Reunió un capital de mil dinares y dijo a su servi­dor Mossadef,:

-Toma estos mil dinares y prepárate a viajar a Egipto y co­merciar.

Mossadef se fue pues y compró con esta suma de dinero el tipo de mercancía que era ordinariamente transportada hacia Egipto Después se puso en camino con una caravana de mercaderes todos los cuales transportaban el mismo género.

Se aproximaban a Egipto cuando se cruzaron con otra carava­na de comerciantes que volvía. Se interesaron naturalmente por los acontecimientos, y resultó fuera de discusión, que las mercancías que llevaban escaseaban y se vendían bien. Los propietarios de las mercancías se alegraron por su buena suerte. Esta mercancía se encontraba entre las cosas de necesidad corriente, y la gente estaba obligada a comprarlas costase lo que costase.

Tras haber escuchado esta gozosa noticia, los mercaderes acor­daron entre ellos no vender a menos del cien por cien de beneficio.

Siguieron camino y llegaron a Egipto. La situación era tal y como les habían informado. Fieles al pacto que habían realizado entre ellos, establecieron un mercado negro y no vendieron a me­nos de dos veces el precio de coste.

Mossadef volvió a Medina con un beneficio neto de mil dinares. Se dirigió, feliz y contento, a presencia del Imam As-Sadeq (P) y depositó ante él dos bolsas conteniendo cada una mil dinares.

-¿Qué es esto? -Preguntó entonces el Imam-.

-Una de las bolsas contiene el capital que me diste y la otra, que encierra una suma igual al capital, el beneficio neto obte­nido.

- Es un gran beneficio, respondió el Imam. Dime, ¿cómo es que has podido sacar tanto provecho?

- Sucedió como sigue: en los alrededores de Egipto, nos ente­ramos de que nuestras mercancías escaseaban y acordamos entonces no vender a menos del cien por cien de beneficio neto, esto es lo que hicimos.

-¡Gloria a Dios!. ¡habéis tenido suerte!. ¡Habéis jurado esta­blecer un mercado negro en el seno de los musulmanes!. ¡Ha­béis jurado no vender a un beneficio neto inferior al capital! No, yo no quiero nada en absoluto de un comercio tal ni de un beneficio tal.

Después el Imam tomó una de las bolsas diciendo:

-Este es el capital que yo invertí -y sin tocar la otra bolsa, añadió:-En cuanto a ésta, eso no me atañe.

¡Oh Mossadef! -dijo entonces-es más fácil batirse a espada que hacer comercio lícito.

 

34 - El retrasador de la caravana

En la oscuridad de la noche, se oía a lo lejos la voz de un joven que imploraba y pedía ayuda. Su camello, débil y endeble se había quedado retrasado de la caravana, y finalmente se había echado, agotado.

Hizo todo lo que pudo, en vano, para reanimar al camello, y terminó de pie, contrariado, al lado de su montura, lamentándose. Mientras tanto, el Profeta (BPDyC), que se ponía en camino general­mente el último y avanzaba a la cola de la caravana, para que jamás un débil, un impotente se descolgase de la caravana y permanecie­se solo y sin asistencia, escuchó desde lejos sus lamentaciones.

-¿Quién eres? -le preguntó tras haberle recogido-. - Soy Yaber.

-¿Por qué esperas?. ¿Por qué estás en apuros?

-¡Oh Enviado de Dios!. Por la sola razón de que mi camelloestá agotado.

- ¿Tienes un bastón? -le preguntó el Profeta (BPDyC)-.

-Si -respondió-.

-Dámelo.

El Profeta (BPDyC) tomó el bastón, con ayuda del cual hizo avan­zar al camello, después le hizo arrodillarse y, haciendo con sus manos un estribo, dijo a Yaber que montase.

Yaber montó pues y los dos se pusieron en camino. Entonces el camello de Yaber tomó velocidad. A lo largo de todo el camino, el Profeta (BPDyC) no dejaba de demostrar benevolencia hacia el jo­ven. Yaber calculó que rogó en total veinticinco veces por la remi­sión de sus pecados.

-¿Cuántos hijos ha dejado Abdullah tu padre? -le preguntó a Yaber en el transcurso del viaje-.

-Siete hijas y un hijo que soy yo mismo.

- ¿Le quedaron deudas? -se interesó el Mensajero de Dios-.

-Sí.

- Bien, de vuelta a Medina, habla con sus acreedores, y avísa­me en el momento de la recolección de los dátiles.

-Muy bien -respondió el joven-.

-¿Estás casado?

-Sí.

-¿Con quién?

-Con una de las hijas de Fulano, una de las viudas de Medina.

-¿Por qué no te has casado con una chica joven de tu edad?

-¡Oh Enviado de Dios!. Teniendo varias hermanas jóvenes y sin experiencia, no he querido casarme con una chica joven y sin experiencia: he creído preferible elegir por esposa una mujer madura.

-Has hecho muy bien. ¿Cuánto has pagado por este camello?

- Cinco woghyés de oro.

- Que sea mío a ese precio. Cuando llegues a Medina, ven a buscar el dinero.

Este viaje llegó a su término y entraron en Medina. Yaber llevó el camello para entregarlo al Profeta (BPDyC), quien dijo a Bilal:

- Da a Yaber cinco woghyés de oro por el precio del camello, más tres woghyés a fin de que pague las deudas de su padre Abdullah, y que su camello sea suyo.

Después preguntó a Yaber:

- ¿Has redactado un contrato con los acreedores?

-No, Oh Enviado de Dios.

- ¿Lo que tu padre ha dejado, basta para cubrir el resto de las deudas?

-No, Oh Enviado de Dios.

-Entonces avísame en el momento de la recolección de los dátiles.

Cuando llegó el momento de la recolección de los dátiles, Yaber avisó al Profeta (BPDyC), quien vino y reembolsó a los acreedores, dejando suficientemente para la familia de Yaber.

 

35 -El cordón de la sandalia

El Imam As-Sadeq se dirigía con algunos de sus compañeros a casa de uno de los suyos para presentarle su pésame, cuando, en el transcurso del camino, su cordón se rompió de tal manera que su calzado no se sujetaba al pie. Cogió su calzado con la mano y se puso a caminar descalzo.

Abdullah ibn Abu Ya’far, que era uno de sus compañeros alle­gados, se descalzó de inmediato, desató su calzado y tendió el cor­dón al Imam a fin de que anduviese calzado y seguir Él mismo su camino descalzo.

El Imam, resuelto a no aceptar el cordón, desvió su cara de Abdullah con aire enfadado.

- Aquel al que le sobrevienen alguna dificultad -dijo-es más apto que ninguno para enderezarla. No tiene sentido que un incidente sobrevenga a una persona y que sea otra quien lo sufra.

 

36 - Hisham y Farasdaq

Hisham Ibn Abol Malek, aun siendo el sucesor de una época que veía el gobierno Omeya en el apogeo de su poder, es decir, el primer decenio del segundo siglo de la Hégira, se esforzó en vano, tras las vueltas dadas alrededor de la Kaaba, en alcanzar la Piedra Negra y en tocarla con la mano. Todos los peregrinos estaban ves­tidos con el mismo atuendo blanco, el ihram, pronunciaban las mis­mas frases de dikr, y llevaban a cabo las mismas acciones. Estaban hasta tal punto sumidos en sus emociones puras que no podían pen­sar en la mundana personalidad de Hisham ni en su posición social. Los individuos que había traído con él de Siria a fin de que cuida­sen su honor y prestigio parecían insignificantes al lado de la gran­deza y del esplendor espiritual de la Peregrinación.

Fuesen cuales fuesen sus esfuerzos, Hisham no llegó a alcan­zar la Piedra Negra ni a tocarla conforme al rito de la Peregrina­ción, a causa de la densidad de la multitud. Se vio obligado a vol­verse y se le instaló un sillón en una altura, desde donde se puso a contemplar la muchedumbre. Entonces apareció allí un hombre de rostro virtuoso. El tampoco, como los otros peregrinos, llevaba más que una simple vestimenta blanca de dos piezas sin costuras ni ador­nos. Se puso sin más a dar vueltas alrededor de la Kaaba, después se dirigió hacia la Piedra Negra con aire apacible y un paso decidi­do. Entonces la muchedumbre, a pesar de su densidad, al verle, hizo un pasillo permitiéndole así que se aproximase a la Piedra Negra.

A los Sirios, que habían visto antes, como el sucesor al trono, a pesar de su importancia y su fasto, no había conseguido acercarse a ella, se les desorbitaron los ojos a la vista de esta escena quedando estupefactos.

-¿Quién es esa persona?. -preguntó uno de ellos a Hisham-.

Aunque Hisham sabía perfectamente que se trataba de ‘Ali Ibn Al-Husein Zain-ul-Abidin, cuarto de los Imames Purificados de Ahlul Bait, puso cara de no conocerle.

- Ignoro quien es -dijo-.

¿Quién habría osado presentarle en ese momento ante Hisham a cuya espada le gustaba la sangre?. Entonces Hamam Ibn Ghaleb, famoso poeta árabe, conocido bajo el nombre de Farasdaq, que habría debido proteger más que cualquier otro el honor y el presti­gio de Hisham, dado su oficio y las particularidades de su arte, se sintió provocado en su fuero interno hasta tal punto, que replicó de inmediato:

-¡Pues yo sí, yo lo conozco!.

Y lejos de contentarse con una simple explicación, de pie, su­bido a un alto, recitó, improvisando, un elocuente poema que se cuenta entre las obras maestras de la literatura árabe, pues solo en los momentos de emoción, cuando el alma del poeta ondula como el mar, se puede concebir semejante discurso :

“Esta persona es alguien conocido por todos

los guijarros de la tierra,

la Kaaba le conoce,

la tierra del Harám de la Meca

y la tierra exterior al Harám. le conocen

Es hijo de las mejores criaturas de Dios,

es célebre, virtuoso, puro entre los puros.

Diciendo que no le conoces,

no le alcanza ningún perjuicio,

¿Que importa que uno no conozca

al que es conocido por árabes y no árabes...?”.

Hisham se inflamó de cólera y furor oyendo este poema, esta lógica y estas frases. Ordenó que fuese cortada la pensión acordada a Farasdaq del Tesoro Publicó, y que fuese encarcelado en Asfan, entre la Mecca y Medina. Pero Farasdaq no dio la menor importan­cia a estos acontecimientos, resultado de su audacia al expresar sus convicciones, ni a la supresión de su salario y su pensión, ni a su encarcelamiento. Y en su prisión, no paraba de satirizar y criti­car a Hisham escribiendo deliciosos poemas.

‘Ali Ibn Husein (P) envió a la prisión para Farasdaq, cuya fuente de recursos se había agotado, cierta suma de dinero, que este rehu­só diciendo:

-No he compuesto este poema más que en virtud de mis convicciones y mi fe y, por Dios, no tengo deseos de tocar el dine­ro que os devuelvo.

‘Ali Ibn Husein reenvió por segunda vez esta suma a Farasdaq, con este mensaje: “Dios conoce tu intención y tu deseo y te retri­buirá en función de esta intención y ese deseo. El aceptar esta ayu­da no disminuirá ninguna de tus recompensas junto de Dios”.

Y le hizo jurar que aceptaría esta ayuda, cosa que Farasdaq consintió.

 

37 - Al Bizantí

Ahmad Ibn Muhammad Ibn Abu Nasí al-Bizantí, que formaba parte de los sabios de su tiempo, terminó por convencerse de la justeza del Imamato del Imam Reza (P) tras intercambiar una abun­dante correspondencia repleta de preguntas con él.

Un día dijo al Imam:

-Deseo visitarte en persona en algún momento en que nada se oponga a ello y cuando mis idas y venidas no creen problemas desde el punto de vista del sistema gubernamental, para dis­frutar de tu presencia.

Un día al final de la jornada, el Imam Reza (P) envió su mon­tura personal e hizo venir a Al Bizantí a su lado. La velada se desa­rrolló hasta medianoche llena de preguntas y respuestas científicas. Al-Bizantí se enorgulleció de esta ocasión que le había sido ofreci­da y no podía contenerse de alegría.

La velada pasó y llegó el momento de dormir. El Imam hizo venir a su servidor y le dijo:

- Trae el colchón donde duermo y extiéndelo para Al-Bizantí a fin de que descanse.

Este testimonio de amistad exageró la medida del efecto en Bizanti, que se puso a forjar quimeras. Se decía en su fuero interno:

-Nadie en el mundo es hoy más feliz ni más afortunado que yo. El Imam envió para mi su montura personal, con la que me hizo venir a su casa. Es conmigo con quien ha estado sentado toda una velada en privado, respondiendo a mis preguntas. Además de todo esto, es para mi que el Imam da orden, llega­da la hora de dormir, de que extiendan su colchón personal. ¿Quién en el mundo será pues más feliz y más afortunado que yo?.

Al-Bizantí estaba así sumido en estas dulces quimeras y veía a sus pies el mundo y lo que contiene. De repente el Imam Reza que estaba apoyado sobre sus brazos, en el momento de levantarse y partir, le dirigió la palabra, rompiendo el hilo de su imaginación.

- ¡Oh Ahmad! -le dijo-. No hagas de lo que te ha ocurrido esta noche una razón para enorgullecerte y prevalecer sobre los otros. Pues Sa’aat Ibn Sufián, que se encontraba entre los ma­yores compañeros de ‘Ali Ibn Abu Tálib (P) habiendo caído enfermo, fue visitado por ‘Ali y le testimonió mucha amistad y benevolencia y apoyó su mano por gentileza en la frente de Sa’aat. Pero cuando quiso levantarse para irse, se dirigió a Él en estos términos: “No hagas jamás de estas cosas un motivo de superioridad y de orgullo. No constituyen un motivo para atribuirse nada. Si he hecho todo esto, es a causa del deber que me incumbe y nadie debe jamás hacer de este género de cosas una razón para suponerse alguna perfección”.

 

38 - Aqil, huesped de ‘Ali

En la época del califato de Imam ‘Ali (P), su hermano Aqil fue a visitarlo a su casa en Kufa.. ‘Ali hizo señas a su hijo mayor, Hasan (P), para que le regalara un vestido a su tío. Así, el Imam Hasan ofreció así a su tío Aqil una camisa y un manto que le pertenecían.

Se hizo de noche y hacía calor. ‘Ali y Aqil estaban conversan­do, sentados en la terraza de la residencia califal. Llegó la hora de cenar. Aqil, que se consideraba invitado a cuenta del califato, se esperaba naturalmente una mesa abigarrada. Pero contrariamente a lo que se esperaba, fue dispuesta una mesa extremadamente simple y pobre.

-¿Esto es todo lo que hay para cenar? -preguntó con gran asom­bro-.

-¿No es esto una bendición divina? -le respondió ‘Ali (P)-. En cuanto a mi, agradezco ¡Oh cuanto! a Dios por estas bendi­ciones y Le doy las gracias.

-Entonces necesito exponer mi petición lo más rápido y despedirme -respondió Aqil- Estoy lleno de deudas. Da la orden de que sean pagadas lo más rápidamente posible, y asiste a tu hermano con la suma que quieras, a fin de que vuelva a mi casa sin preocuparme más.

-¿A cuánto ascienden tus deudas? -quiso saber Imam ‘Ali (P)-

-A mil dirhams -respondió Aqil-.

-¡Oh, mil dirhams!. ¡Que suma tan elevada! ¡Estoy desolado, querido hermano, de no tener tanto para pagar tus deudas. Pero espera a que llegue el momento de la distribución de los salarios. Guardaré entonces de mi parte y te la daré, cumplien­do así con las obligaciones de ayuda y fraternidad. Si no fuera el sustento de mi familia, te daría toda mi parte sin guardar nada para mi mismo.

-¡¿Cómo?! -Respondió Aqil-¡¿Esperar a que llegue el mo­mento de la distribución de los salarios?! ¡¿El Tesoro Públi­co y las rentas del país están en tus manos y me dices que espere el momento del reparto de las partes proporcionales, para que me des la tuya?! Tú puedes descontar sobre el Teso­ro Público la suma que quieras. ¿Por qué me remites al mo­mento del pago de los salarios? Y además, ¿a cuánto se eleva tu salario? Aun suponiendo que me des la totalidad de él, ¿en qué remediaría mi problema?

- Estoy sorprendido de tu proposición -respondió ‘Ali-Que las cajas del Estado contengan o no dinero, ¿Qué nos atañe a ti y a mi? Nosotros somos como el resto de los musulmanes. Es cierto que eres mi hermano y que debo, en la medida de lo posible, socorrerte y asistirte con mis bienes, ¡Pero con mis propios bienes, y no con el Tesoro Público de los musulma­nes!

La discusión continuaba, y Aqil, obstinado, insistía emplean­do diferentes argumentos, concluyendo siempre:

- Da la autorización de que me den del Tesoro Público una suma suficiente, a fin de que marche a ocuparme de mis asun­tos.

El lugar en el que estaban sentados daba sobre el bazar de Kufa. Desde allí, se podían ver los cofres conteniendo el dinero de los comerciantes y vendedores. Mientras que Aqil insistía obstinada­mente, ‘Ali le dijo:

-Si haces lo que te diga, podrás liquidar la totalidad de tus deudas y poseer una suma más importante todavía.

-¿Qué debo hacer?

-Allá, abajo, se encuentran los cofres llenos de oro. Cuando el lugar esté desierto y no haya nadie en el bazar, desciende por aquí, rompe los candados y sírvete tanto como te diga el cora­zón.

- De quién son los cofres?

- Pertenecen a esos vendedores, que vuelcan dentro sus ga­nancias netas.

-¡Es sorprendente!. ¿¡Me sugieres que abra los cofres de esas pobres gentes y tome los bienes que han adquirido y volcando en esos cofres al precio de mil penas, antes de marcharse in­vocando el nombre de Dios!?

- Si eso te sorprende, entonces. ¿Cómo puedes tú sugerirme que abra para ti el cofre del Tesoro Público de los musulma­nes? ¿A quién pertenece entonces su contenido? Pertenece también a esas pacíficas gentes que se han ido a descansar a sus casas. Tengo otra proposición que hacerte, acéptala si lo deseas.

-¿Qué proposición nueva es esa?

-Si estás dispuesto, toma tu espada, yo tomaré la mía. En los alrededores de Kufa se encuentre Hirah, una ciudad antigua donde viven grandes comerciantes y hombres riquísimos. Va­mos allí nosotros dos, ataquemos a uno de ellos de improvi­so y nos beneficiamos de la gran fortuna así obtenida.

-¡Querido hermano! Yo no he venido para robar ni para que me hables así. Mira lo que te digo: permite que me den el dinero del Tesoro Público y de la Caja del Estado que están bajo tu poder, para que pague mis deudas.

- Justamente a eso me refiero. Es preferible que robemos los bienes de una persona antes que los de cientos de millares de musulmanes. ¿Cómo es que hurtar con la espada los bienes de una persona es un robo mientras que hurtar el de todo el mun­do no lo es? ¿Tu te has figurado que el robo se reduce a ata­car a alguien y a arrancar su bien por la fuerza? Pues el más abyecto de los robos es precisamente ese que tú me estás pro­poniendo -concluyo diciendo ‘Ali (P)-.

 

39 - un sueño aterrador

El sueño que había tenido le sumió en un gran espanto. En todo momento, le venían al espíritu interpretaciones espantosas. Aterrado, se dirigió al Imam As-Sadeq (P).

-He tenido un sueño -dijo-He soñado que un fantasma de madera, o puede que sea un hombre de madera, monta un ca­ballo de madera; tiene una espada en la mano, que agita en el espacio. La vista de este espectáculo me ha sumido a un es­panto extremo y ahora quisiera que me des la interpretación de ese sueño.

-Se trata seguramente -respondió el Imam-de una persona determinada en posesión de un bien que tú tratas de arreba­tarle por no importa que medio. Teme a Dios que te ha creado y te hará morir, y renuncia a tu resolución.

-Eres con toda seguridad el verdadero esclarecido y has pues­to la ciencia en su cauce. Confieso que tenía una idea así en la cabeza: Uno de mis vecinos tiene una granja que quiere ven­der por necesidad de dinero, pero por el momento no tiene más comprador que yo. Estos días, sueño permanentemente en aprovecharme de su necesidad de dinero y arrancarle esta granja a bajo precio.

 

40 - En el territorio de los Bani Sa’edeh

Era de noche y el tiempo estaba lluvioso y húmedo. Aprove­chando la oscuridad de la noche y la soledad de la calle, el Imam As-Sadeq (P) salió de su casa solo y sin advertir a ninguno de sus hombres, y se encamino al territorio de los Banu Sa’edeh.

Moalla Ibn Jenís, que era uno de sus próximos compañeros y, en ese momento, el administrador de su casa, se dio cuenta por casualidad de que el Imam había salido.

-No debo dejarlo solo en esta oscuridad -se dijo- Y marcho tras él discretamente, dejando algunos pasos de distancia, por lo que las tinieblas no le permitía ver más que la silueta del Imam.

Caminando así tras el Imam, le pareció que algo había caído de repente de la espalda de éste y se había desparramado por el suelo. Entonces oyó murmurar al Imam:

-¡Dios mío, concédemelo de nuevo!

Entonces Moalla se adelantó y saludó. El Imam le reconoció por la voz.

-¿Estás bien Moalla? -le preguntó-.

-Si, estoy bien -respondió-y se dispuso a buscar lo que se había caído al suelo. Vio una determinada cantidad de pan que se había esparcido por el suelo. El Imam le pidió que lo recogiese y se lo diese. Moalla recogió poco a poco los panes y se los dio al Imam. Había un gran saco de pan que una per­sona sola difícilmente podía llevar a la espalda.

-Permíteme llevarlo yo mismo -dijo Moalla-.

-No, no es necesario, yo soy más apto que tú para hacerlo.

El Imam se echó el saco de pan a la espalda y los dos se pusie­ron en camino hasta que alcanzaron el territorio de Banu Sa’edeh. Había allí, una concentración de pobres y miserables. Allí vivían los sin recursos, todos dormían, nadie de entre ellos velaba. El Imam depositó los panes, de uno en uno, de dos en dos, bajo el manto de cada uno de ellos sin olvidarse de ninguno, y se disponía a volver cuando se dirigió a Moalla diciendo:

-¡Oh Moalla!. la limosna hecha de noche o en secreto aplaca la cólera de Dios, borra los pecados y vuelve fácil el día del Juicio final a aquel que la ha dado.

 

41 - El saludo de un judío

Aisha, esposa del Profeta (BPDyC), estaba sentada en su presen­cia cuando entró un judío, quien en lugar de decir al entrar “As-Salam alaikom” (que la paz sea sobre vosotros), dijo: “As-sam alaikom” (muerte a vosotros). No tardó en entrar otro que en lugar de saludar pronunció las mismas palabras. Era evidente que no se trataba de una casualidad, sino más bien de un plan destinado a atormentar al Profeta (BPDyC).

Aisha montó en cólera y gritó:

- Muerte a vosotros mismos..

- ¡Eh Aisha! -le dijo el Profeta (BPDyC)-no profieras injurias. Si la injuria era intencionada, tendrá los peores y más feos as­pectos. La dulzura, la moderación y la paciencia en soportar las ofensas adornan y embellecen todo aquello a lo que están sujetas, y aminoran la belleza de cualquier cosa a la que están sustraídas. ¿Por qué te has puesto nerviosa y exaltada?.

-¿No ves ¡oh Enviado de Dios!, lo que dicen con tanta insolen­cia y desvergüenza en lugar de saludar?.

- Claro que sí, y yo también les he respondido: “alaikum” (so­bre vosotros), y esto me basta.

 

42 - Carta a Abu Dhar

Abu Dhar recibió una carta que abrió y leyó. Venía de lejos, y su autor le pedía un consejo general. Era de aquellos que conocían a Abu Dhar por la atención y el favor de que éste era objeto por parte del Profeta (BPDyC) que le había enseñado la sabiduría con su palabras elevadas y llenas de sentido.

Abu Dhar no le escribió en respuesta más que una frase, una corta frase:

“No obres con maldad ni enemistad con la persona que tu más amas en el mundo”.

Después cerró la carta y la envió.

Este hombre no entendió nada de la carta de Abu Dhar.

-¿Qué quiere decir esto? -se preguntó-. ¿Dónde quiere llegar? «No obres con maldad ni enemistad con la persona que tu más amas en el mundo». ¿Qué significa esto? Con seguridad esta frase esconde una verdad evidente. ¿Puede que se tenga un ser querido, el más querido de los bienamados, y que se le haga un mal? No solamente no se le hará ningún mal, sino que se sacrifica a él cuerpo y bienes.

Por lo demás meditaba que no podía perder de vista la perso­nalidad del autor de esta frase.

- El autor de ella es Abu Dhar, y. Puesto que Abu Dhar es el Luqmán de la comunidad islámica y razona con sabiduría, no tengo otro remedio que pedirle que me explique lo que ha que­rido decir con ello.

Le escribió una segunda carta a Abu Dhar, pidiéndole aclara­ciones. Abu Dhar le escribió en respuesta:

-Por el más adorado y el más querido de los seres para ti, entiendo tú mismo, tú mismo y nadie más. Tú te amas a ti mis­mo más que a cualquier ser del mundo y si digo que no hagas prueba de enemistad hacia el más querido de tus bien amados, esto significa: no seas hostil contra ti mismo. ¿No sabes pues que toda trasgresión, todo pecado que comete el hombre le perjudica directamente a él mismo y que es él el perjudica­do?.

 

43 - Un salario indeterminado

Aquel día, Soleyman Ibn Ya’far al Ya’farí y el Imam (P) ha­bían salido juntos por algún asunto, anocheció y Soleyman quiso volver a su casa.

- Ven a nuestra casa y quédate con nosotros esta noche -le dijo el Imam Reza (P)-.
Obedeció y acompañó al Imam a la casa. El Imam, encontró allí a sus criados plantando flores. Su mirada recayó entonces sobre un extraño que trabajaba con ellos. -¿Quién es? -preguntó-.

-Lo hemos contratado hoy para que nos ayude -le respondie­ron los criados-.

-Muy bien, ¿Qué jornal habéis fijado para él?

- Le daremos algo de dinero y la comida.

En el rostro del Imam aparecieron. signos de tristeza y de enfa­do Soleyman Al-Ya’fari se adelantó y le preguntó:

-¿Por qué te disgustas?

-Ya he ordenado en diferentes ocasiones -le respondió el Imam ­que no encargasen a nadie un trabajo sin determinar en qué consiste éste y su remuneración.

Fijad al principio el jornal de la persona en cuestión, después hacedle trabajar. Aun habiendo fijado la remuneración correspon­diente al trabajo, podéis, al término del mismo añadir algo. Viendo que le dais más que la suma acordada, esta persona se sentirá agra­decida, os apreciará y el afecto entre vosotros se fortalecerá. E igual­mente si mantenéis la suma convenida, no se quedará descontenta. Mientras que si encargáis un trabajo a alguien sin determinar su jornal, sea cual sea la suma que le deis al finalizar la tarea, no pen­sará que habéis sido benévolos con él, imaginando por el contrario que le habéis dado menos de lo que se debía.

 

44 - ¿Esclavo o libre?

Se oía música y canto. Cualquiera que pasaba cerca de esa casa, podía adivinar lo que ocurría en su interior. Era un despliegue de juerga y borrachera donde se consumía copa tras copa. La pe­queña sirvienta había barrido la casa, y con la basura en la mano había salido para tirarla en un rincón. En ese mismo momento pa­saba por allí un hombre cuyo rostro mostraba signos de adoración y cuya frente revelaba largas prosternaciones:

-¿El dueño de esta casa es esclavo o libre? -preguntó a la sir­vienta-.

- Libre -respondió ella-.

- Es evidente que es libre, respondió el hombre, pues si fuera esclavo, temería a su Amo y su Dios y no se prestaría a tal ostentación.

Este intercambio de frases entre el hombre y la sirvienta hizo que ésta permaneciera por más tiempo fuera de la casa. Cuando entró, su amo le preguntó:

-¿Por qué has tardado tanto?

La sirvienta le relató el incidente diciendo:

- Un hombre de tal y tal condición y de tal y tal apariencia pasó y me hizo esta pregunta, a la que di tal respuesta.

El relato de este incidente le sumió unos instantes en sus pen­samientos. Ésta frase en particular le traspasó el corazón como una flecha: “Si fuera esclavo, temería al amo de su libertad”. Se levan­tó de repente y sin darse tiempo a calzarse, fue tras el autor de estas frases. Corrió hasta que distinguió a aquel que no era otro que el séptimo Imam, Musa Ibn Ya’far (P). Gracias a él accedió al arre­pentimiento y en recuerdo de ese día en que se arrepintió descalzo, no llevó calzado nunca más. Él, que era conocido hasta ese día bajo el nombre de Bochr Ibn Harez Ibn Rahman Marwazi, recibió el sobrenombre de Al Hafi. Permaneció toda su vida fiel a su compro­miso y no se acerco más al pecado. A pesar de que, hasta ese mo­mento era de la clase de los burgueses y juerguistas, desde ese mo­mento se unió a la de los hombres piadosos y virtuosos.

 

45 - En el miqat

Malek Ibn Anas[7]7 ,, célebre jurisconsulto de Medina, fue un año el compañero de ruta del Imam As-Sadeq (P) en el viaje de peregri­nación a la Mecca. Alcanzaron el miqat, es decir el lugar donde el peregrino abandona sus ropas mundanales, y llegó el momento de vestirse el ihram, las dos piezas de tela sin costuras propias de los peregrinos, y de recitar la famosa oración: “Labeyk, Allahumma, Labeyk” (Aquí estoy ¡Oh Dios mío! Obedeciendo a Tu llamada). Los otros peregrinos, como de costumbre, pronunciaron esta fór­mula. Entonces Malek Ibn Anas se dio cuenta de que el Imam esta­ba trastornado, y que cuando quería recitar la oración era presa de una emoción que estrangulaba su voz, perdiendo hasta tal punto el control de sí que corría el riesgo de caer involuntariamente de su montura.

-¡Oh Descendiente del Enviado de Dios! -dijo Malek aproxi­mándose a él-. ¿Es que no recitas tu oración.

-¡Oh descendiente de Abu Amar! ¿Cómo osaría, cómo tendré el valor de decir Labeyk?. Decir Labeyk significa decir: “¡Dios mío! accedo con la mayor prontitud a aquello a lo que Tú me conv